Por Sofía Vital
Un vistazo al mapa de MapBiomas, la plataforma de monitoreo satelital de cobertura de suelo, es suficiente para entender el problema de un vistazo: Mérida se seca y no solo por falta de agua. Sobre el mapa de Yucatán, el color rojo representa área urbana y edificada, y resulta sorprendente observar una mancha compacta y casi continua que se extiende desde el centro de Mérida hasta comisarías y municipios como Caucel, Komchén, Conkal, Kanasín y Umán.
Parece exagerado, difícil de creer, pero basta recorrer la ciudad para notar que ya casi no quedan espacios verdes ni monte dentro de la mancha urbana. Y aunque el área urbana represente todavía un porcentaje menor del territorio total de Yucatán, eso no significa que la situación no sea alarmante: la selva que rodea a la ciudad se pierde a un ritmo sostenido y no se está regenerando al mismo paso.
Este crecimiento no ha sido compacto ni ordenado: el documento Prosperidad Urbana de Mérida (2017), elaborado con metodología de ONU-Hábitat, describe una periferia metropolitana que creció de forma dispersa y fragmentada, prescindiendo del espacio verde en las nuevas urbanizaciones. Ese mismo estudio calcula que, solo entre 2000 y 2009, la selva alrededor de la ciudad perdió un promedio de tres mil hectáreas por año, un ritmo que coincide con la expansión de fraccionamientos hacia la periferia.

El diagnóstico más actualizado sobre la pérdida de selva en la región proviene del estudio Evaluación de la deforestación en península de Yucatán al 2025, elaborado por el Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible a partir del Sistema de Información de Cambios de la Cobertura Forestal (SICAMFOR). El estudio documenta que, entre 2016 y 2025, toda la península (Campeche, Quintana Roo y Yucatán) perdió en conjunto 525,102 hectáreas de cobertura forestal, un promedio de 58,345 hectáreas al año. Solo el estado de Yucatán concentró 180,967 hectáreas de esa pérdida en el mismo periodo. Al analizar específicamente el tramo más reciente, 2023-2025, la península perdió 123,122 hectáreas adicionales, una pérdida anual de 61,561 hectáreas, con una tasa de deforestación del 0.6% anual, muy por encima del 0.19% que registra el promedio nacional.
Dentro de Yucatán, el propio estudio identifica a los municipios de Cenotillo, Tizimín, Mérida, Temax y Valladolid como los de mayor deforestación reciente, atribuida a la expansión de la industria inmobiliaria, la ganadería extensiva y la agroindustria. El documento incluye, de hecho, evidencia satelital específica de pérdida de cubierta forestal en la zona norte de Mérida asociada al establecimiento de nuevos desarrollos inmobiliarios.

Investigadores del CICY han complementado este panorama señalando que la conversión de selva en pastizales, tierras agrícolas y suelo urbano contribuye de forma directa a las emisiones de gases de efecto invernadero de la región, además de fragmentar el hábitat de la fauna local, que se ve desplazada hacia la mancha urbana conforme el monte retrocede.

Un estudio publicado en la revista científica Madera y Bosques publicado en el 1019, realizado por investigadores del CICY (López-Jiménez, Durán-García y Dupuy-Rada) en el Área de Conservación El Zapotal, en el municipio de Tizimín, aporta un dato clave para entender la magnitud del problema en toda la región: aunque la diversidad de especies de la selva mediana subperennifolia puede recuperarse en unos 20 años tras el abandono de actividades ganaderas, la estructura del bosque (su altura, su biomasa y su capacidad de almacenar carbono) se recupera mucho más lentamente y podría no alcanzar los valores de una selva madura ni siquiera después de 60 años de abandono. Esto es relevante para Mérida porque implica que, aunque se dejara de deforestar hoy mismo, la selva perdida en las últimas décadas tardaría generaciones en recuperar su función ecológica completa.
La razón por la que la pérdida de vegetación en Mérida está tan ligada a la crisis del agua tiene que ver con la geología de la península. Yucatán se asienta sobre un sistema kárstico, formado por roca caliza de alta permeabilidad, sin ríos superficiales, donde el agua se infiltra rápidamente hacia el subsuelo. Según el reporte de Prosperidad Urbana, en la zona de lomeríos el manto freático puede encontrarse hasta 120 metros de profundidad, mientras que en la planicie, donde se asienta buena parte de la ciudadse ubica a apenas 30 metros.
El tema ha sido abordado directamente en espacios académicos. El Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad de la UNAM organizó la sesión «Aguas turbias de la ciudad blanca: contaminación del acuífero en Mérida, Yucatán», presentada por el Dr. Rodrigo Llanes Salazar, investigador del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (CEPHCIS-UNAM), como parte de una discusión académica centrada específicamente en el caso meridano.

De forma paralela, en el Tercer Seminario Interinstitucional Permanente organizado por ECOSUR, CIATEJ, CentroGeo y el Instituto Tecnológico de Conkal, la Dra. Yamile Aguilar Duarte, investigadora del INIFAP, señaló que la contaminación del acuífero peninsular obedece a una combinación de factores: la agroindustria (particularmente las granjas porcícolas), la urbanización y el crecimiento inmobiliario desmedido sin planeación, y el acaparamiento del agua y de los cenotes por parte de empresas privadas.
La pérdida de vegetación, sin embargo, no solo compromete la recarga del acuífero: la misma cubierta verde que permite filtrar el agua hacia el subsuelo también cumple una función térmica, al regular la temperatura del aire y la velocidad del viento en la ciudad. Cuando esa vegetación desaparece bajo el concreto, el efecto no se limita al ciclo hídrico, también se mide en la atmósfera, en forma de islas de calor urbanas.
Un estudio de investigadoras vinculadas a la UNAM, Nayeli A. Patlán-García, Ma. Eugenia Allende Arandía y Erika D. López-Espinoza de la Facultad de Ciencias, al Instituto de Ingeniería y al Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático; analizarón el impacto del cambio de uso de suelo sobre la dinámica atmosférica de Mérida, dentro de una comparación más amplia de ciudades costeras de la península. El trabajo, publicado en la Gaceta 71 del SIIDETEY (agosto de 2024) y basado en un análisis previo de Patlán-García de 2022, usó 2016 como año de control y modeló los cambios en el uso de suelo desde 1996 hasta una proyección a 2036.

Los resultados muestran que el crecimiento urbano de Mérida generó un aumento de hasta 0.8°C en la temperatura del aire respecto a 1996, y una diferencia en la magnitud del viento de hasta 1.5 metros por segundo entre 2016 y 2036. Específicamente en Mérida, la fricción generada por la expansión de la cobertura urbana se traduce en una disminución de la velocidad del viento: mientras más concreto sustituye a la vegetación, menos circula el aire sobre la ciudad. Se concluye que el cambio de uso de suelo y no solo el crecimiento poblacional contribuye al 17% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, y subrayan que los planes de ordenamiento territorial deben anticipar estos impactos atmosféricos antes de que se traduzcan en eventos climáticos extremos.
Esta investigación coincide con un estudio revisado por pares de Jorge Villanueva-Solís (Universidad Autónoma de Coahuila) y María Elena Torres Pérez (Facultad de Arquitectura, UADY), publicado en 2023 en Hatso Hnini Revista de Investigación de Paisajes y Espacio Construido, Vol. 1, No. 3; que analizó específicamente la isla de calor superficial en la vivienda periférica de Mérida a partir de imágenes satelitales Landsat 8. El estudio encontró que los sectores habitacionales de la periferia registran temperaturas superficiales de entre 47 y 55°C, lo que afectó a 189,472 habitantes en 82,440 viviendas (el 14.4% de la población de la zona metropolitana en el 2023). Colonias como Francisco de Montejo y Las Américas al norte, o Caucel al poniente, muestran patrones de calor que coinciden casi exactamente con la traza urbana: donde hay vialidades y construcción densa sin vegetación, la temperatura sube; donde sobreviven parches de árboles o patios arbolados, baja hasta 5 o 6 grados en comparación con su entorno inmediato. Los propios autores citan antecedentes previos en la ciudad: un estudio de 2003 ya documentaba una diferencia de 2.1°C entre el poniente, con fraccionamientos nuevos y poca vegetación, y el norte y centro, con arbolado más antiguo; y un trabajo de 2021 calculó que la expansión urbana de Mérida consume alrededor de 205 hectáreas de vegetación al año, con incrementos de temperatura de entre 2.36 y 3.94°C en las zonas que perdieron su cobertura vegetal.

El Estudio de Riesgos y Vulnerabilidad al Cambio Climático del Municipio de Mérida, Yucatán, elaborado en diciembre de 2023 por el Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente A.C., por encargo de la Unidad de Desarrollo Sustentable del propio Ayuntamiento de Mérida. No es un estudio académico independiente ni una nota periodística: es el diagnóstico técnico para conocer la vulnerabilidad de la ciudad.
Sus cifras fueron claras en el 202; el 51% del territorio municipal erá selva caducifolia y el 42% zona urbana, y las áreas verdes dentro de esa mancha urbana representan apenas 0.7% de su superficie (2.6 kilómetros cuadrados de árboles y parques para toda una ciudad de más de un millón de habitantes). Sobre el acuífero, la conclusión es todavía más contundente: el estudio determinó que prácticamente todo el territorio municipal presenta un grado de peligro alto por contaminación del agua en los primeros diez metros del manto freático, con los niveles más altos de coliformes fecales concentrados en los cenotes del noreste y el centro de la ciudad, y con pozos de la red de monitoreo de CONAGUA que en 2021 registraron niveles de conductividad y fluoruros que califican esa agua como no apta para consumo humano.

El estudio tradujo todo esto en números de personas, no solo de hectáreas: se calculó que 251,177 habitantes de Mérida (24 % de la población municipal) enfrentaban un riesgo muy alto ante sequías, mientras que 225,373 personas (21 %) enfrentaban un riesgo muy alto ante ondas de calor. A esto se sumaban 249,565 personas en riesgo muy alto ante ciclones tropicales y 214,866 ante inundaciones pluviales. En conjunto, eran cientos de miles de meridanos que ya vivían expuestos a los efectos combinados de la deforestación, la impermeabilización del suelo y el cambio climático, fenómenos que el resto de esta investigación documentaba desde distintos ángulos.
Lo que muestra MapBiomas, esa mancha roja compacta que conecta a Mérida con sus municipios vecinos, no es solamente la expansión de una ciudad. Es la representación visual de un modelo de crecimiento que, durante décadas, ha sustituido selva por concreto y territorio por infraestructura urbana, sin considerar plenamente los límites ambientales sobre los que se asienta.
La investigación muestra que las consecuencias de ese proceso ya no pertenecen únicamente al terreno de las proyecciones ambientales. Se expresan en el agua que se contamina, en el monte que desaparece, en el aire que circula menos, en temperaturas que aumentan y, finalmente, en cientos de miles de personas expuestas a sequías, inundaciones, ciclones y ondas de calor. Mérida no solamente había crecido, había transformado las condiciones que hacían habitable el territorio sobre el que creció. El problema de Mérida no es que esté creciendo; es el modelo mediante el cual está creciendo. Por eso, la pregunta ya no era únicamente cuánto más podía expandirse la ciudad, sino qué estábamos dispuestos a perder para seguir expandiéndola y quiénes terminarían pagando el costo de ese crecimiento.




