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Apología de la bestia. La violencia que fabricamos y después llamamos tradición.

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Texto por Sofia Vital.

Fotos: Marcos Sánchez y Lino.

Un coliseo, un arma, gritos, sangre. No hay romanos, no hay guerreros, no hay pelea entre humanos. Es, más bien, una pelea burda contra un animal. Un animal al que decimos que necesita la violencia para vivir. Pero, ¿de verdad es así? ¿O acaso no lo criamos, generación tras generación, hasta fabricarle esa necesidad? Domesticamos su genética, seleccionamos su bravura, moldeamos su química hasta que reaccionara como queríamos que reaccionara. Y después señalamos el resultado y dijimos: mira, es su naturaleza. No lo es. Es la nuestra, disfrazada en su cuerpo.

La corrida de toros llegó a México con la colonización española, en el siglo XVI, como parte del bagaje cultural y festivo de los conquistadores; e primer evento taurino documentado en México ocurrió el 24 de junio de 1526 y fue organizado por Hernán Cortés. En realidad, no existe vínculo alguno con las culturas prehispánicas y menos con la cultura maya, podria decirse, tampoco conocía al ganado bovino, que también fue introducido por los españoles.

Recuerdo muy bien a cierto pintor muy famoso en Yucatán que, durante una entrevista, mencionó que gracias a los españoles los mayas habían sido civilizados. Los describió incluso como aparecen en la película Apocalypto: “así eran, como esa película, salvajes”. Al recordar aquellas palabras, me surgió una posible hipótesis y recalco, hipótesis, para evitar cualquier interpretación distinta:

¿Y si algunas de las tradiciones que hoy identificamos como parte de la cultura yucateca mestiza no surgieron únicamente como una mezcla natural entre dos culturas, sino también como consecuencia de un proceso de sustitución cultural? La conquista y la evangelización buscaron desplazar prácticas, creencias y símbolos de otras culturas para insertar un nuevo orden católico hispano. Con el tiempo, sobre ese territorio cultural transformado surgieron y se consolidaron nuevas festividades, como las fiestas patronales, las vaquerías y posteriormente las corridas.

Esto no significa que las culturas originales de nuestro país hayan desaparecido ni que el mestizaje haya sido una imposición absoluta; hubo resistencia, supervivencia y apropiación. Pero quizá valga la pena preguntarnos si aquello que hoy consideramos “tradición” también puede ser resultado de una historia de dominación, resistencia y sustitución cultural.

Vale la pena preguntarnos qué parte de nosotros seguimos defendiendo cuando defendemos la violencia como tradición. Porque si alguien necesita la violencia para vivir, no es el toro. Somos nosotros. ¿Será que nuestra naturaleza real es esta, la violencia, la muerte? Al final de cuentas, hoy somos responsables de extinciones enteras, de especies que ya no volverán, de un planeta que sangra bajo nuestro paso. No hace falta un ruedo para comprobarlo.

Se dice que el toro de lidia nace para pelear, que su bravura es su esencia, que negarle la plaza es negarle su naturaleza. El toro de lidia no es cualquier res: es una raza moldeada durante siglos por criadores que, generación tras generación, cruzaron animales según cómo respondían a una prueba frente a una tela rojo o un caballo. Hoy existen incluso estudios que muestran una base hormonal medible: más cortisol, más endorfinas, menos serotonina (la hormona que frena la agresividad) en las ganaderías consideradas más bravas (como los humanos). Nada de aqui es natural.

Es el mismo argumento, casi palabra por palabra, que se usa para justificar las peleas de gallos “que nacen combativos, que es su naturaleza» y que los propios colegios de veterinarios que lo han estudiado rechazan, la agresividad de un gallo de pelea es más una consecuencia de la cría y el entrenamiento que una causa natural.

No es que el toro, o el gallo, necesiten la violencia. Es que nosotros necesitábamos un animal capaz de producirla, y lo fabricamos, hasta poder señalar el resultado y llamarlo instinto. Sentirnos más grandes, más civilizados, nos obliga a cubrir esa cruda realidad: que somos bestias. Lo disfrazamos casi todo de tradición, de ritual, de identidad. Pero no lo es. Es apetito con vestuario.

La discusión sobre las corridas de toros tampoco es nueva. En 1867, Benito Juárez decretó su prohibición en la ciudad de México, medida que permaneció vigente durante 19 años hasta que Porfirio Díaz la derogó en 1886. Décadas después, en 1916, Venustiano Carranza volvió a abolir las corridas en todo el país, argumentando razones morales y de orden público y calificándolas como parte de las llamadas diversiones incivilizadas. Aunque la prohibición fue incumplida y terminó desapareciendo tras la caída de su gobierno, el debate nunca dejó de existir. Actualmente la discusión ha regresado con fuerza, porque diversos estados han prohibido estos espectáculos y en 2025, Michoacán aprobó la prohibición de espectáculos violentos con animales, mientras que la Ciudad de México estableció un modelo de espectáculo taurino sin violencia, prohibiendo la muerte del toro y el uso de objetos punzocortantes. 

Pero en Yucatán parece que seguimos con el corazón del conquistado, defendiendo las herencias que recibimos sin preguntarnos de dónde vienen ni por qué las seguimos defendiendo. Sin detenernos a reflexionar sobre la verdadera razón por la que debería dejar de matarse al toro: porque se trata, simplemente, de dejar de matar.

Y quizá la contradicción se hizo visible este domingo (31 de agosto) frente al Monumento a la Patria. Mientras un pequeño grupo de activistas protestaba contra la violencia ejercida sobre los toros, la defensa de una tradición que sus simpatizantes califican como fiesta, terminó rodeada de insultos, empujones y amenazas de violencia física. Dos posturas enfrentadas, sí, pero también una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando para defender una tradición basada en la violencia se recurre, precisamente, a la violencia? Y vuelvo a repetir: ¿si alguien necesita violencia para vivir, no somos nosotros? 

Siempre hemos sido guiados por el morbo, y luego fingimos sorpresa. Llegamos al extremo de convertir en tabú lo que hacemos, o de disfrazar de cultura lo que en realidad es nuestro lado más oscuro. Criamos al animal para que peleara, y después lo culpamos de haber nacido así.Y ese instinto fabricado no es indoloro para quien lo porta. Los toros, como todos los mamíferos, tienen nociceptores (las neuronas que perciben el dolor) y no están exentos de sentirlo. El dolor que atraviesa piel, músculo y hueso durante la lidia es tan real como cualquiera. Cuando el animal sigue vivo al final de la faena, se le clava un cuchillo entre las primeras vértebras del cuello para seccionarle la médula; puede seguir consciente, puede mover los ojos mientras el cuerpo ya no le responde. Análisis de sangre hechos después de la lidia muestran un desequilibrio del pH por debajo de lo normal, y niveles elevados de cortisol y catecolaminas, las mismas hormonas que en cualquier mamífero, incluido el humano, se disparan ante el dolor, el miedo y la ansiedad.

Así como en el box, disfrutamos ver cómo golpean a otro; así como en los mataderos, aceptamos que maten a otro ser mientras nos mira fijamente a los ojos; así como cuando atropellamos animales y seguimos nuestro camino sin resentimiento. Pero cuando el golpe nos toca a nosotros, cuando una injusticia se vuelve propia, entonces la llama se enciende y decimos: “no es justo, eso está mal”.

Pero cuando vemos a un hombre caminar como un pavo real, jugar con una tela roja y, con una lanza, matar a un toro, decimos: ¡olé!.