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Los animales no pueden hablar.

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Fotografía y Crónica por Sofia Vital.

Durante años recorrí el Zoológico del Centenario de la ciudad de Mérida para documentar algo aparentemente sencillo: cómo pasaban los domingos las familias meridanas.

Vi niños correr hacia el trenecito con la emoción de quien está por iniciar una aventura. Vi abuelos señalar animales a sus nietos. Vi parejas caminar bajo la sombra de los árboles. Vi vendedores intentar ganarse la vida. Vi a personas con discapacidad ofrecer masajes para obtener un ingreso. Vi emprendedores instalar sus puestos en la plaza principal. Vi jóvenes comprometidos con el cuidado de la fauna local impartir talleres sobre zarigüeyas y otras especies que suelen ser incomprendidas.

También vi a los animales.

Durante los días más intensos de calor observé cómo recibían paletas de hielo elaboradas especialmente para ellos. Vi cómo se limpiaban sus espacios y se renovaba el agua de sus recintos. Recuerdo incluso el aniversario del Centenario en 2024, cuando una colmena oculta dentro de un tronco provocó que varias personas fueran atacadas por abejas. Lo que más me sorprendió aquel día fue la rapidez con la que el personal actuó para atender a las familias afectadas.

No pretendo presentar una imagen perfecta del zoológico. Tampoco ignorar lo que he visto. Hubo algo que sí observé constantemente: visitantes alimentando a los animales a pesar de las advertencias, personas golpeando las rejas para llamar su atención, basura abandonada en espacios que deberían ser respetados. El descuido no siempre venía de quienes trabajaban ahí; muchas veces venía de nosotros mismos.

Por eso resulta doloroso observar lo ocurrido en los últimos meses.

Un mono escapó de su recinto.

Un león despertó preocupación por su estado de salud.

Venados y borregos murieron tras el ingreso de una jauría.

Y de pronto el Centenario dejó de ser noticia por las familias, los talleres o los recuerdos. Comenzó a ser noticia por la incertidumbre.

Aquí los que sufren son los animales.

Mientras las redes sociales se llenan de teorías, acusaciones y especulaciones, los animales continúan dependiendo completamente de los seres humanos.

Un venado no puede denunciar que una malla está rota. Un león no puede explicar por qué enfermó. Un mono no puede convocar una rueda de prensa para contar cómo escapó. Entonces la responsabilidad recae en la sociedad.

Exigir respuestas no significa buscar culpables antes de conocer los hechos. Tampoco significa construir historias imposibles de comprobar. Exigir respuestas significa pedir evidencia, transparencia y claridad. Significa comprender que el bienestar animal no debería depender de colores políticos, de intereses personales o del morbo que generan ciertos acontecimientos.

Si una jauría logró ingresar, la pregunta no es únicamente cómo entró. La pregunta es qué condiciones permitieron que eso ocurriera. Porque los perros tampoco son responsables finales de una cadena de decisiones humanas.

Lo que está en juego no es solamente la imagen de un zoológico. Lo que está en juego es la confianza de miles de personas que crecieron visitando estos espacios.

Recuerdo a un padre que llevó a sus hijos exclusivamente para conocer al mono capuchino y al lémur. Había pasado semanas prometiéndoles aquella visita porque el trabajo no le permitía disponer de tiempo libre. El padre y sus hijos, al salir del centenario, habían creado grandes recuerdos gracias a este espacio.

Recuerdo la emoción de quienes acudieron a conocer a la jirafa nacida en el Animaya. Recuerdo la preocupación de muchas personas por los animales durante la pandemia, cuando el mundo parecía detenerse. Es fácil olvidar que estos espacios generan vínculos.

Los zoológicos siempre han despertado debates legítimos. Personalmente, sigo pensando que el lugar ideal para cualquier especie es su hábitat natural. Sin embargo, también sería injusto ignorar la conexión emocional que miles de personas han construido con los animales que habitan estos lugares.

Tal vez por eso duele tanto lo que está ocurriendo. Porque el Centenario no es solamente un zoológico.

Es un punto de encuentro. Es un recuerdo de infancia. Es una promesa cumplida por un padre. Es un espacio donde generaciones aprendieron a admirar otras formas de vida.

El Centenario y Animaya nacieron con una promesa sencilla: acercar la fauna a una ciudadanía cada vez más distante de la naturaleza. Sin embargo, los acontecimientos recientes han dejado una pregunta suspendida entre los visitantes, los trabajadores y quienes han crecido recorriendo estos espacios: ¿están realmente en condiciones de garantizar el bienestar de los animales que tienen bajo su cuidado?. Pero mi pregunta más importante es: ¿quién vigila el bienestar de quienes no pueden denunciar cuando algo está mal?

Y precisamente porque importa, precisamente porque forma parte de la memoria colectiva de la ciudad, la sociedad tiene el derecho y la obligación de exigir respuestas reales.

No para destruirlo.

No para alimentar el escándalo.

Sino para proteger a quienes menos pueden defenderse por sí mismos.