Por Sofía Vital
¿Tienen agua?. Fue un mensaje que llegó en la mañana y que me preocupó un poco. Ya sabía que existía una situación relacionada con la escasez del agua, pero no imaginé que el problema estuviera creciendo tan rápido.
Podría decirse que, en parte, es comprensible. Yucatán vive temperaturas extremas: albercas que llenar, pisos que se remojan para refrescar las casas, hasta tres duchas al día para soportar el calor. A eso se suma algo evidente: cada vez somos más personas viviendo en Mérida y en los municipios conurbados.
“No hay aquí tampoco”, llegó después otro mensaje que provoca ansiedad. Era una amiga que vive en Kanasín, por la colonia Santa Rosa. Me cuenta que llevan alrededor de 15 días con problemas de agua.

Desde marzo de 2026 se han reportado en diversas colonias, dentro y fuera de la ciudad, fallas en el suministro de agua potable. Actualmente los reportes han aumentado. Vecinos comentan que la presión del agua es muy baja y que no logran llenar sus tinacos. Los horarios varían dependiendo de la zona, aunque la mayoría coincide en que el problema comienza por la tarde. “Entre la 1 y las 3 de la tarde disminuye la presión, lo que provoca que por ratos no haya el vital líquido”, comenta una vecina de Villas de Oriente.
Lo preocupante es que esto no parece ser un problema aislado ni reciente. Desde hace años, documentos oficiales y programas de planeación urbana ya advertían sobre el crecimiento acelerado de Mérida y la presión que eso generaría sobre el agua subterránea de la Península de Yucatán.
El Programa Municipal de Desarrollo Urbano de Kanasín (2024), señala que la extracción de agua ya supera la disponibilidad considerada sustentable en la región. Mientras la disponibilidad es de 720.86 millones de metros cúbicos al año, la extracción alcanza 859.92 millones, lo que representa una presión del 119.2 % sobre el recurso hídrico.
El problema no es únicamente la cantidad de agua. También se trata de la contaminación y de la infraestructura insuficiente para una ciudad que no deja de crecer. El Programa Hídrico Regional 2021-2024 de la Región Hidrológico-Administrativa XII Península de Yucatán, advierte sobre la expansión de la mancha urbana de Mérida, el aumento del consumo de agua y la vulnerabilidad futura del acuífero. El documento incluye análisis sobre cobertura de agua potable, drenaje, calidad del agua subterránea, aguas residuales y contaminación derivada de fosas sépticas y residuos urbanos.

En Yucatán, el suelo es altamente permeable. El agua de lluvia se filtra rápidamente hacia el subsuelo, pero esa misma característica provoca que cualquier contaminación llegue también con facilidad al acuífero. El propio Programa Hídrico Regional documenta monitoreos de calidad del agua, contaminación en pozos, presencia de pesticidas, aguas residuales y riesgos sanitarios asociados al deterioro del sistema hídrico.
Además, el documento plantea escenarios preocupantes hacia 2050: presión sobre la disponibilidad del agua, efectos del cambio climático, aumento del consumo y vulnerabilidad a la salinización del acuífero, especialmente en zonas cercanas a la costa.
Mérida también enfrenta otro problema silencioso: gran parte de la ciudad no cuenta con un sistema integral de drenaje sanitario profundo. Muchas viviendas dependen todavía de fosas sépticas. El Programa Hídrico Regional identifica distribución de viviendas con drenaje inadecuado o inexistente y advierte sobre la contaminación generada por sistemas deficientes.
La situación se vuelve más compleja si se observa el crecimiento urbano. La expansión de la ciudad hacia municipios como Kanasín, Umán, Conkal y Cholul ha provocado un aumento acelerado de la demanda de agua potable. De acuerdo con documentos de desarrollo urbano, más del 80 % de la población de Yucatán vive actualmente en zonas urbanas, concentrándose principalmente en la Zona Metropolitana de Mérida

Mientras tanto, la disponibilidad del acuífero Península de Yucatán ha disminuido en los últimos años. Datos de CONAGUA citados por organizaciones ambientales indican que la disponibilidad pasó de aproximadamente 5,005 millones de metros cúbicos en 2009 a cerca de 2,059 millones en 2023, una reducción cercana al 41 %.
Cada nuevo fraccionamiento, cada plaza comercial, cada calle pavimentada y cada expansión inmobiliaria reduce la capacidad natural del suelo para absorber agua de lluvia. A la par, aumenta la extracción, el consumo y la presión sobre la infraestructura hidráulica.
Y cuando el agua comienza a faltar, el impacto no solamente se siente en las llaves vacías. También comienza a sentirse en el bolsillo.
Según la OMS, una persona consume en promedio alrededor de 100 litros de agua al día. Una familia de cuatro integrantes puede utilizar aproximadamente 400 litros diarios, es decir, cerca de 12 mil litros al mes. Si una vivienda tuviera una cisterna de 10 mil litros y no recibiera suministro constante, esa reserva podría durar aproximadamente 25 días bajo un consumo moderado.
La falta de agua obliga a muchas familias a pensar en gastos que antes parecían innecesarios: comprar tinacos, bombas presurizadoras, cisternas o incluso pipas privadas para almacenar agua durante algunos días, dichas pipas tendria un costo máximo de $1600 por 10 mil litros de agua (que duraria entre 12 y 15 días). Sin embargo, aprovechar una pipa completa no es tan sencillo como parece. Los 10 mil litros que transporta una pipa no caben en un tinaco convencional, que apenas almacena entre 450 y mil 100 litros. Para recibir una pipa completa se necesita una cisterna, un depósito de mayor tamaño y costo, generalmente construido con concreto o ferrocemento. Esto significa que quienes ya cuentan con una cisterna pueden aprovechar mejor cada pipa, mientras quienes solo tienen tinaco enfrentan una doble desventaja: pagan lo mismo por una pipa, pero solo pueden almacenar y aprovechar una fracción de esa agua. Lo que antes era un servicio básico comienza a convertirse en un gasto constante.

Pero incluso las pipas dependen del mismo acuífero. El agua que distribuyen proviene de pozos y sistemas conectados al subsuelo yucateco, el mismo sistema que hoy enfrenta una presión creciente por el aumento poblacional y el desarrollo urbano.
La situación también deja ver una diferencia económica cada vez más evidente. Mientras algunas familias pueden pagar sistemas de almacenamiento o pipas particulares, otras dependen únicamente de la poca presión que llega durante ciertas horas del día.
Después de analizar todos esos puntos, terminé con una sensación de ansiedad. Una ansiedad que ya existía por el calor extremo, pero que ahora se mezcla con otra preocupación: la posibilidad de que el agua comience a faltar de manera más constante.
La sensación no es nueva. Recordé cuando vivía en una zona donde el agua empezó a escasear poco a poco, hasta que la normalidad terminó siendo almacenar agua, esperar pipas y limitar actividades diarias para intentar que alcanzara. Cada cubeta tenía que administrarse. Cada gasto de agua debía pensarse dos veces.
La diferencia es que allá, en Hidalgo, el clima era frío. No existía la necesidad de bañarse varias veces al día para soportar temperaturas extremas. La ropa no terminaba empapada de sudor después de unas horas. Tampoco se consumía tanta agua purificada ni existía esa necesidad constante de refrescar el cuerpo o la vivienda para soportar el calor.
Sin embargo, incluso allá permanece la presión de vivir sin agua. La incertidumbre de abrir una llave y no saber si saldría suficiente agua. La ansiedad de escuchar que el suministro volvería a disminuir. La sensación de depender de pipas o de almacenar agua para sobrevivir algunos días más.
Y ahora, en Yucatán, comienza a sentirse algo parecido.

Tal vez todavía no como una crisis total, pero sí como una advertencia que poco a poco empieza a materializarse entre reportes vecinales, baja presión y colonias donde el agua desaparece durante varias horas del día. Una situación que durante años fue señalada en documentos técnicos y programas urbanos, pero que hoy comienza a sentirse dentro de las casas.
El problema no es solamente ambiental, se une lo emocional; vivir con miedo a que falte el agua cambia hábitos, modifica rutinas y genera una sensación constante de incertidumbre. Especialmente en una ciudad donde el calor obliga a depender todavía más del agua para soportar la vida cotidiana.
Durante muchos años existió la idea de que en Yucatán el agua nunca faltaría. La imagen de un territorio lleno de cenotes y reservas subterráneas parecía suficiente para pensar que el problema jamás llegaría. Pero hoy, los mensajes entre vecinos, los tinacos vacíos y la baja presión comienzan a mostrar otra realidad.
Sin embargo, la idea de que el agua pudiera escasear no era ajena a quienes habitaron esta península mucho antes que nosotros. Los antiguos mayas, que se establecieron en Yucatán hace más de 4 mil años, tuvieron que resolver algo que hoy parece nuevo: vivir en una región sin ríos superficiales, dependiendo enteramente de las aguas subterráneas.

Para lograrlo, no se limitaron a extraer agua: la gestionaron de forma colectiva. Construyeron embalses para captar la lluvia, represas en las cimas de las colinas y ciudades diseñadas específicamente para captar agua pluvial, según explica la Dra. Yolanda López-Maldonado, experta en aguas subterráneas, en una entrevista publicada por la UNESCO. También desarrollaron los chultunes, cisternas subterráneas en forma de botella que permitían almacenar agua de lluvia para las épocas de sequía.
Lo que sostenía todo ese sistema no era solo la técnica, sino la organización. López Maldonado explica que la gestión del agua se basaba en instituciones comunales, donde los propios usuarios establecían las reglas de uso y actuaban como administradores del recurso. Ese modelo, señala, resultó sostenible durante siglos, incluso ante sequías ocasionales.
Ese equilibrio se rompió después, con la colonización española y el cambio hacia la propiedad privada del agua, un proceso que la especialista describe como una «descomunalización» del recurso: se pasó de un cuidado colectivo a un uso individual, sin las mismas reglas compartidas.
Hoy, advierte López-Maldonado, ese vacío persiste: el agua subterránea en Yucatán no tiene un dueño claramente definido, lo que dificulta su gestión sostenible. Y algo más llama la atención: según su experiencia de campo, las generaciones más jóvenes muestran menos interés que sus mayores en preservar prácticas antiguas, como la recolección de agua de lluvia.
Tal vez la crisis del agua en Yucatán no empezó cuando dejó de salir agua de una llave. Tal vez comenzó desde el momento en que la ciudad creció más rápido de lo que el territorio podía soportar, y más rápido de lo que fuimos capaces de recordar cómo cuidarlo.
Fuentes:
- Programa Municipal de Desarrollo Urbano de Kanasín, Yucatán, 2024.
- Programa Hídrico Regional 2021-2024 de la Región Hidrológico-Administrativa XII Península de Yucatán, Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) y Consejo de Cuenca de la Península de Yucatán (CCPY).
- Programa de Mediano Plazo 2025-2030 de Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano de Yucatán.
- Plan Municipal de Desarrollo de Mérida 2024-2027.
- Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), disponibilidad del acuífero Península de Yucatán.
- Observatorio Ciudadano del Agua de Yucatán (OCCA).
- UNESCO artículo: ¿Qué podemos aprender de los mayas sobre la gestión de los escasos recursos hídricos?
https://www.unesco.org/es/articles/poco-se-ha-hecho-para-reconocer-las-antiguas-practicas-mayas-en-la-gestion-de-aguas-subterraneas



