Texto y Fotografía Por Sofía Vital
Parte I
Enfrente del Estadio Kukulcán de la ciudad de Mérida, a simple vista, parece haber solamente un pedazo de monte. Árboles secos, hierba crecida y calor atrapado entre la tierra roja. Pero debajo de ese paisaje aparentemente abandonado permanecen más de 15 hectáreas de historia maya: la zona arqueológica de Dzoyilá.
Un sitio dividido en distintas estructuras y cuadrantes que guardan vestigios preclásicos, plataformas habitacionales, antiguos altares y construcciones vinculadas con algunos de los primeros asentamientos mayas de la región. Un lugar registrado desde las décadas de 1970 y 1980 en el Atlas Arqueológico de Yucatán y que, pese a su importancia histórica, ha sobrevivido entre el abandono, la urbanización y proyectos inmobiliarios.
La zona, aunque es propiedad privada, es considerada por muchos vecinos como parte de su identidad y de su memoria colectiva. Porque para ellos Dzoyilá no son “solo piedras”, sino un fragmento vivo de la historia maya que aún resiste dentro de la ciudad de Mérida.
Desde los años noventa existe la intención de construir un centro comercial en el área. Sin embargo, habitantes de colonias cercanas han insistido durante décadas en otra idea: un espacio cultural y comunitario que proteja y preserve los vestigios arqueológicos.
Fue precisamente por denuncias recientes difundidas en redes sociales —sobre el ingreso de maquinaria pesada y trabajos de desmonte en la zona— que decidí recorrer el lugar junto a la abogada maya y activista Fátima Gamboa.
Los vecinos alertaban que nuevamente estaban interviniendo el terreno para avanzar con un proyecto comercial que, aseguran, lleva décadas intentando concretarse.
Al llegar, lo primero que observamos fue una parte completamente amurallada con láminas. La estructura tres había desaparecido detrás de barreras metálicas. Antes, recuerda Fátima, lo único que ocultaba la zona eran árboles y monte.
—“Tiene rato que no lo limpiaban. Es una zona importante que se olvidó proteger”— me comenta mientras observamos el terreno.
Pero nada de eso nos detuvo. Queríamos comprobar qué tanto había sido desmontado y alterado. Así que nos internamos entre la vegetación.
La caminata parecía interminable.
Aunque desde afuera las hectáreas lucen pequeñas, el terreno es amplio y pesado. El calor se concentra entre la maleza y la tierra parece arder bajo los pies. Conforme avanzábamos comenzamos a encontrar áreas incendiadas.
—“Probablemente quieren seguir por aquí y por eso han quemado”— pensamos mientras observábamos partes negras y calcinadas del monte.
Más adelante aparecieron refugios improvisados, basura acumulada, restos de botellas y plásticos mezclados entre piedras antiguas y vegetación. Vestigios y basura compartiendo el mismo espacio.
Por momentos parecía que habíamos perdido el camino.
Fátima recordó entonces algo importante: había que pedir permiso para entrar.
Recordé que, en silencio, al comenzar el recorrido había pedido permiso al monte para dejarnos pasar. Parecía que ella también lo había hecho. Se notaba molesta, incrédula ante el abandono de un sitio tan significativo.
Yucatán, pensé, parece tener la costumbre de olvidar a sus viejos. Tanto a los vivos como a los muertos. Tanto lo tangible como lo intangible.
Mientras seguíamos caminando, mi mente regresó por momentos a un diplomado sobre patrimonio tomado años atrás. Entre árboles, piedras y restos arqueológicos, una idea resonaba constantemente: el patrimonio físico es el soporte material de la memoria y de la evolución de una sociedad. Sin él, también se debilita el sentido de pertenencia y el vínculo entre generaciones.
Aquella reflexión parecía dialogar directamente con lo que ocurre en Dzoyilá.
El investigador Marcos Noé Pool Cab cuestiona precisamente eso en su texto: Reflexiones sobre el “patrimonio arqueológico” en la ciudad de Mérida, Yucatán: ¿patrimonio de quién, patrimonio para quién?. El autor plantea que el patrimonio no es una idea neutral: alguien decide qué se conserva, qué se destruye y qué merece valor histórico. También advierte que muchas veces las comunidades quedan fuera de esas decisiones, mientras el patrimonio termina reducido a interés administrativo, turístico o económico.
Dzoyilá parece condensar todas esas tensiones.
Por un lado, el crecimiento urbano y los intereses inmobiliarios. Por el otro, vecinos intentando defender un espacio que consideran suyo aunque legalmente no les pertenezca.
Seguimos avanzando hasta llegar a la parte devastada. Ahí estaban las evidencias.
Terreno plano. Vegetación removida. Rastros de intervención reciente. La sensación de vacío era inevitable. Solo gracias a fotografías tomadas anteriormente por vecinos puede saberse que en esa zona sí existían vestigios arqueológicos visibles.
Algunos permanecían todavía sin alterar. Entre la maleza podían verse cintas rojas rotas que anteriormente delimitaban áreas protegidas.
Intenté elevar un dron para registrar mejor el terreno, pero algo fallaba. No sé si fueron los nervios, la señal o simplemente el viento atrapado entre los árboles. Pensé en la posibilidad de que nadie hiciera nada para recuperar lo perdido. Cuando intenté hacerlo por tercera vez, Fátima notó que un hombre salía de un costado y caminaba hacia nosotras. Parecía un guardia de seguridad.
Decidimos retirarnos.
Al menos habíamos logrado documentar parte de lo ocurrido. Mientras salíamos del monte, el cansancio comenzaba a sentirse en todo el cuerpo. Parecía que habíamos recorrido kilómetros bajo el calor atrapado entre árboles y piedras antiguas.
Después decidí visitar a una de las vecinas que desde hace años participa en la defensa de Dzoyilá.
Susana vive cerca de la zona y desde que conoció el sitio arqueológico decidió involucrarse en su preservación. Me cuenta que tras uno de los incendios recientes comenzaron a notar nuevamente el ingreso de maquinaria y movimientos de obra dentro del terreno.
Según relata, el deseo de los vecinos nunca ha sido impedir el desarrollo urbano, sino proponer algo distinto: un centro cultural y arqueológico que conserve el lugar y permita que nuevas generaciones conozcan la historia que existe debajo de la ciudad.
Incluso, asegura, han llegado a elaborar propuestas y planos para presentar formalmente la idea. Pero las respuestas nunca llegan.
Dzoyilá enfrenta entonces una pregunta incómoda pero inevitable: ¿de quién es realmente el patrimonio?
Porque aunque las tierras tengan propietarios legales, para muchos habitantes el sitio pertenece también a la memoria colectiva del sur de Mérida. A las personas que crecieron viendo esas estructuras. A quienes detuvieron maquinaria. A quienes sembraron árboles ahí. A quienes todavía creen que una ciudad puede desarrollarse sin destruir completamente su pasado.
Tal vez por eso la lucha alrededor de Dzoyilá no trata únicamente de piedras antiguas.
Se trata de quién tiene derecho a decidir qué recuerdos sobreviven dentro de una ciudad que avanza cada vez más rápido sobre su propia historia.



