Por Sofía Vital
El 24 de junio de 2026, a las 6:04 de la tarde, Venezuela vivió lo que especialistas ya califican como el desastre natural más letal de su historia reciente. Un primer sismo de magnitud 7.2, con epicentro cerca de San Felipe, estado Yaracuy, sacudió el centro-norte del país. Apenas 39 segundos después, un segundo movimiento, esta vez de magnitud 7.5y considerado el evento principal; golpeó la región, con epicentro al sureste de Yumare. El fenómeno, conocido como «doblete sísmico», se sintió en toda Venezuela y también en Colombia, Trinidad y Tobago, Aruba, Curazao y el norte de Brasil.
El estado La Guaira, hogar del principal puerto y del aeropuerto internacional de Maiquetía; fue la zona cero de la tragedia, junto con Caracas y municipios de Miranda. Cientos de edificios colapsaron o quedaron gravemente dañados; según una evaluación satelital preliminar de la NASA, cerca de 59 mil estructuras en la región resultaron afectadas o destruidas.
A dos semanas del suceso, el balance oficial del Gobierno venezolano, encabezado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez; se ubica en 3 mil 811 fallecidos y 16 mil 740 heridos, con 17 mil 907 personas sin vivienda y decenas de miles de desplazados repartidos en más de 80 campamentos transitorios. Organismos internacionales, sin embargo, manejan cifras mucho más alarmantes: el Comité Internacional de Rescate y la ONU han advertido que el número de desaparecidos podría acercarse a las 50 mil personas, una discrepancia que ha generado dudas sobre la transparencia de las autoridades. Más de veinte delegaciones de rescate llegaron desde México, El Salvador, Chile, Estados Unidos, España, Turquía, Italia y otros países para apoyar la búsqueda en los escombros.
Sobre el terreno, testigos y periodistas locales han sido la voz de una población que aprende, de golpe, a convivir con el miedo a la tierra que tiembla. Uno de ellos es Marky Briceño, corresponsal en Venezuela de medios internacionales como Espejo Público, VPItv (venezolanos por la información) y Euronews; quien relató en entrevista cómo ha cambiado la vida de los venezolanos desde la tragedia.
«No tenemos esa cultura de sismos»
Para Briceño, el golpe no ha sido solo físico, sino profundamente psicológico. Venezuela, explica, sabía que estaba ubicada sobre una falla sísmica activa, pero nunca había enfrentado un fenómeno de esta magnitud con la frecuencia con que ocurre en países como Chile o México.
«Ahorita la gente está descargando aplicaciones diseñadas para estos movimientos, que nos mantienen en alerta, y también pendientes de las redes sociales, porque la actividad sísmica ha ido en aumento luego de este doble terremoto», cuenta el periodista. El miedo, dice, es especialmente visible en los niños: cualquier ruido dispara episodios de pánico, y no es raro ver a personas romper en llanto en el transporte público, temiendo que la tierra vuelva a moverse en cualquier momento.
Briceño relata además un episodio que vivió de cerca: un día antes de la entrevista, en pleno centro de Caracas, en el bulevar de Sabana Grande, un espacio donde la economía informal intenta volver a su rutina; una fachada colapsó.
“Es como un despertar lento, un un despertar de tortuga. Así está Venezuela ahora, es un despertarse de proceso, con incertidumbre, se está necesitando mucha ayuda psicológica por parte en las redes sociales, las facultades de de psicología también están impartiendo a través de formato de redes sociales información de cómo tratar a los menores, a las mascotas, las personas en la tercera edad, las personas con una discapacidad, porque fue un golpe duro, fue un golpe más que físico también mentalmente, que te paraliza porque no sabes si va a volver a ocurrir o quizás no corres con suerte de estar vivo.
Incluso en zonas alejadas del epicentro, la tierra sigue recordando la tragedia: cuenta que en Anzoátegui, el estado oriental donde reside, se registró un temblor de magnitud 4.3 que movió objetos en algunos edificios, aunque solo fue percibido por quienes se encontraban en pisos altos.

Según cifras oficiales citadas por Briceño, cerca de 86 mil 794 familias han recibido algún tipo de ayuda humanitaria, tanto nacional como internacional. Aun así, reconoce que en redes sociales circulan versiones que hablan de desvío de recursos.
«Las personas que se encuentran en la zona cero han recibido ayuda, pero la magnitud del desastre es tan amplia que a veces sientes que esas cantidades no dan abasto», afirma.
Como ejemplo de la respuesta ciudadana, menciona que un día antes de la entrevista había zarpado desde el oriente del país un barco con más de 450 toneladas de ayuda humanitaria rumbo a La Guaira, producto de la unión de estados como Anzoátegui y Bolívar.

El periodista detalla que, de acuerdo con cifras del Gobierno, unos 4 mil 388 rescatistasinternacionales y 29 mil 567 rescatistas venezolanos han participado en las labores, además de 28 mil 362 voluntarios sin experiencia previa que se sumaron por solidaridad.
Uno de los mayores retos, señala, ha sido la falta de maquinaria y tecnología especializada para localizar personas bajo los escombros, equipo con el que sí cuentan países como Japón. Ante esa carencia, el trabajo se ha hecho «con picos, con martillos» y con el apoyo de perros rescatistas. Briceño destaca especialmente el caso de Tsunami, un can rescatista venezolano al que se le atribuye haber ayudado a encontrar a más de 400 personas, además de las brigadas caninas llegadas de México y España.
“Se le agradece a Tsunami, que es un perro rescatado pues venezolano que ha ayudado muchísimo, se le agradece a los a los canes de México, de España porque ha sido traer ayuda animal, bueno seguir rescatando y teniendo esperanza de poder encontrar paisanos con vida”.
Brigadistas y rescatistas en el terreno han comentado que en algunas zonas se ha dado por concluida la fase de búsqueda de sobrevivientes para dar paso a la reconstrucción, coincidiendo con el fin de los días de duelo decretados por Delcy Rodríguez. Aunque aún no hay información oficial al respecto, varios brigadistas ya han regresado a su país de origen por esa misma razón. Briceño insiste en que muchas familias se resisten a abandonar el lugar donde sus seres queridos permanecen desaparecidos.
«La esperanza es lo último que se pierde, y ellos van a seguir en el terreno, así la orden sea demoler las infraestructuras», relata.
El periodista recuerda que, cuando se les informa a los familiares que el operativo de búsqueda ha finalizado, la reacción suele ser la misma: piden a las autoridades que se vuelquen a ayudarlos a ellos a seguir buscando. «Es dantesco y es triste, porque ellos desean seguir buscando aunque la orden oficial sea otra. Puedo dar fe, he entrevistado a muchos, y ellos van a seguir en el terreno, sacando el pecho, porque para ellos hay esperanza de que sus familiares estén con vida», cuenta Briceño, quien pone como referencia lo ocurrido en Turquía, donde hubo personas rescatadas con vida después de siete días bajo los escombros.
Entre los rescates que marcaron a la opinión pública, el periodista recuerda el caso de un vigilante de nombre Hernán Gil, localizado con vida por un equipo salvadoreño tras más de una semana atrapado en la cabina de control de un edificio, un rescate que según Briceño: «el mundo vivió minuto a minuto».
Recuerda también el rescate de bebés que continuaban siendo amamantados por sus madres en medio de los escombros, y el de mascotas, como el de Luna, una perrita rescatada por bomberos del estado Anzoátegui y reencontrada, días después, con la familia que la había perdido durante el terremoto, luego de que viajaran varias horas para recuperarla.

Mientras el Gobierno maneja un balance mucho menor al que se conocería después, la ONUya estimaba entre 50 mil y 100 mil personas desaparecidas, una cifra que genera desconcierto incluso entre quienes trabajan sobre el terreno. «Es tanta información, es tanta matriz de opinión que se está manejando, que uno no sabe qué hacer, sino publicar lo que se pueda, verificar y alzar la voz para que las labores de rescate continúen», afirma.
El propio Briceño señala una de las contradicciones que más ha alimentado la desconfianza ciudadana: en algún momento el Gobierno solicitó a la ONU cerca de 10 mil bolsas para cadáveres, una cifra que no concuerda con los balances oficiales de fallecidos, y que ha llevado a muchas personas a sacar sus propias cuentas. «La gente saca cálculos, y es como una desinformación. Pero, ojo, estas son las cifras oficiales de las autoridades; mientras que las personas que están en el terreno te dicen: ‘no, aquí hay más fallecidos, porque estamos acá'», relata.
El periodista añade otro dato que dimensiona la magnitud del fenómeno: según cálculos que circulan entre especialistas, la energía liberada por el doblete sísmico equivaldría a unas 241 bombas atómicas del tipo lanzado sobre Hiroshima. «Han sido pocos los países que han sufrido un doblete sísmico, y menos una sociedad que no está acostumbrada a un movimiento de tal magnitud», apunta.
Para los periodistas locales, cubrir la tragedia ha significado enfrentar además una crisis de comunicaciones. Los cortes eléctricos,una realidad ya crónica en Venezuela; se sumaron a la caída de antenas y a la saturación de las redes móviles. «Buscamos power banks para cargar los equipos, centros de acopio o centros comerciales donde haya wifi, e incluso identificándonos con el carnet de prensa para que nos dejen usar ciertas antenas», explica Briceño, quien reconoce que la conexión en las zonas más golpeadas, como La Guaira, ha ido regresando «lenta, falla, va, viene».
Consultado sobre de dónde saca fuerzas Venezuela para seguir adelante, Briceño lo resume en una palabra: unión. «Creo que la fuerza del venezolano viene de lo más profundo de un pueblo que se niega a rendirse», dice, y destaca el papel de la fe, de la diáspora venezolana y de la solidaridad internacional, en particular la de México, cuyos equipos de rescate, los llamados «topos»; se ganaron un lugar especial en el imaginario colectivo del país. Como el taco abraza la arepa en momentos tan álgidos (críticos)«, resume el periodista sobre el vínculo entre ambas naciones en medio de la tragedia.
Consultado sobre las recomendaciones para la ciudadanía de cara a lo que viene, Briceño insiste en la necesidad de mantenerse informado a través de canales oficiales, en especial de FUNVISIS, el instituto venezolano encargado de monitorear la actividad sísmica. Reconoce, sin embargo, que el país arranca en desventaja frente a naciones con más experiencia en la materia: «Lastimosamente no contamos con una tecnología como la que tiene México, como la que tiene Chile, como la que tiene Colombia o Estados Unidos. El venezolano ya se encuentra buscando información en los institutos sísmicos de los países vecinos», admite.
El sismo, dice, ha obligado también a repensar la manera en que se construye en Venezuela. «El Colegio de Ingenieros va a reformar el tema de la construcción, porque se les va a obligar a las constructoras a que se reformen las bases con las que se vaya a construir cualquier edificación. Esto nos pone en alerta. Imagínate todo lo que nos toca reformar en el país, porque esta actividad nos sorprendió a todos», reflexiona.
Para quienes deseen colaborar, Briceño recomienda canalizar las donaciones a través de organizaciones con presencia comprobada en el terreno, como la Cruz Roja y Cáritas de Venezuela, ambas activas en la distribución de ayuda humanitaria en las zonas afectadas.
Al cierre de esta entrevista, Briceño quiso dedicar unas palabras a la ayuda internacional, en especial a México, cuyas brigadas de rescate se convirtieron en uno de los símbolos más recordados de estos días. Contó que el gesto del puño cerrado que los rescatistas mexicanos hacen para pedir silencio en las zonas de búsqueda ya es replicado por los propios venezolanos:
«Es algo que no teníamos acá, y es algo de ustedes. Se agradece muchísimo a todo el pueblo mexicano», dijo, visiblemente conmovido, antes de despedirse.
Dos semanas después del doblete sísmico, Venezuela sigue sin poder cerrar una cuenta exacta de lo que perdió. Cada balance oficial suma más fallecidos que el anterior, mientras la cifra de desaparecidos, la más incierta de todas; sigue dependiendo más de estimaciones internacionales que de datos propios. Detrás de cada número hay una familia que decidió no moverse de un montón de escombros, un país que apenas empieza a entender que tendrá que reconstruirse desde las normas de construcción hasta la manera de informar en una emergencia, y una generación de niños que aprendió, de golpe, a temerle a la tierra que pisa.
Testimonios como el de Briceño no cierran esa historia: la mantienen abierta, y recuerdan que, mientras la reconstrucción avanza, la búsqueda, oficial o no, todavía no ha terminado para quienes siguen esperando encontrar a los suyos.
Fuerza, Venezuela. Nuestro corazón y nuestro puño siguen firmes con ustedes.



