Texto por Sofía Vital
Fotografias por Nadia Tecuapetla y Sofía Vital
México, 11 de Marzo de 2026.- No, no; no se llenaron de pintas.
Se llenaron de nombres.
Nombres de pedófilos, violadores, violentadores, machistas.
De eso se llenó el monumento, no de simples rayones.
Mujeres que fueron acosadas por compañeros de trabajo llegaron ahí a escribir el nombre de su agresor.
No era vandalismo.
Era denuncia.
Pero los medios amanecieron con titulares que hablan de pintas, vandalismo, fuego. Palabras fáciles que reducen la marcha del 8M a un espectáculo incómodo.
Se les olvida —o prefieren olvidarlo— que marcharon junto a mujeres dolidas. Mujeres en proceso de sanación. Mujeres en proceso de justicia. Mujeres que aún no saben cómo denunciar los acosos, los golpes, las violaciones que han vivido.
Mujeres que quieren señalar al compañero que las tocó durante un evento lleno de hombres y nadie dijo nada.
Mujeres que crecieron escuchando a un padre decir: “no tengo tiempo para mi hija, primero mi profesión, pero no me digas mal padre”.
Mujeres que aprendieron a sobrevivir en un sistema que les enseñó que la sumisión era una virtud.
Mujeres engañadas para llegar al altar y terminar viviendo como ganado.
Mujeres que han perdido lo que más amaban: a sus hijos.
Mujeres discriminadas.
Mujeres en proceso de volver a ser mujeres.
De eso se llenaron las paredes de Paseo de Montejo.
No de vandalismo.
Porque incluso esas “locas”, como algunos las llaman, fueron más comprensivas con su ciudad de lo que muchos creen. No sacaron toda su furia. No quemaron todo lo que pudieron haber quemado. Gritaron lo necesario y regresaron temprano a casa, procurando llegar sanas y salvas.
Sí, hubo uno que otro desplante imperdonable.
Pero, ¿acaso no provoca enojo ver cómo el feminismo también ha sido absorbido por la política? ¿Cómo se llena de mercadotecnia? ¿Cómo el sistema finge escuchar mientras sigue igual?
Porque cada día seguimos esperando el transporte en la oscuridad con miedo.
Llegamos a la escuela temiendo que alguien quiera levantarnos la falda.
Entramos al trabajo con el estómago revuelto al ver a ese compañero que acosa y nadie confronta porque “es el mejor en su trabajo”.
¿Eso no da coraje?
¿Eso no cansa?
No es motivo para atacar a otras mujeres. Pero sí debería obligarnos a mirar alrededor y empezar a quitar, como garrapatas y pulgas, todo aquello que no pertenece a esta lucha: a quienes quieren manipular una causa que lleva siglos peleando por un cambio real.
Una lucha que busca romper las cadenas que quieren ver a la madre solo lavando trastes.
A la niña casada demasiado pronto.
A la mujer del bar reducida a un cuerpo.
A la policía defendiendo a ellos y no a ellas.
Porque lo que se escribió ayer en las paredes no fue vandalismo.
Fue memoria.
Fue denuncia.
Y fue, sobre todo, una forma de decir: ya no estamos dispuestas a callar.



