Fotografía y texto por Sofia Vital
El auge turístico de Yucatán ya no es la única cara del fenómeno: hoy el estado también está en la mira para vivir, nacional e internacionalmente. Pensionados, emprendedores y negocios han llegado buscando establecerse aquí. El crecimiento parece haberse salido de control: en cualquier dirección que uno voltee, hay publicidad de inmobiliarias y construcciones a gran escala. Crecer no es el problema; el problema es que, en ese crecimiento, se arriesga desde el patrimonio hasta la identidad de la región.
Existen ya movimientos activistas en el estado ante construcciones que, denuncian, dañan el entorno ambiental y el histórico. Uno de los casos es Chuburná Puerto, donde vecinos y pescadores denuncian que una inmobiliaria mueve maquinaria sobre la duna, poniendo en riesgo la anidación de tortugas marinas, según el ordenamiento municipal y agravando, dicen, la escasez de agua y luz.
El viernes 24 de julio de 2026 acompañé al colectivo Salvemos las Dunas de Chuburná en un recorrido por la zona. La carretera hacia la costa parece un corredor publicitario: lonas y espectaculares de inmobiliarias se suceden uno tras otro, envolviendo el litoral. Vecinos consultados señalan que pronto habría nuevos proyectos departamentales cercanos. Entre la arena removida y la maquinaria detenida, un integrante del colectivo resumió la indignación de la zona:
«No puedo creer que hayan tenido tanto descaro en meter maquinaria. Entregaron un manifiesto ambiental, pero dudo que hayan sido honestos. ¿Cómo van a ir las tortugas con tremendos departamentos?”.

Antes de hablar de documentos, hay que empezar por lo que no ocurrió: ninguna inmobiliaria se ha acercado a la comunidad para consultarla. El primer indicio no vino de un aviso oficial, sino de la vigilancia del propio ejido: en 2024, el comisario ejidal notó maquinaria y exigió un documento que la autorizara; le mostraron uno municipal. No hubo, hasta donde la comunidad recuerda, ninguna reunión previa ni aviso de que un complejo de seis torres y 74 departamentos se levantaría junto a sus casas.
Al llegar a Chuburná Puerto, el colectivo se presentó primero con el comisario del pueblo, con encuestas y una petición para detener el proyecto y proteger lo que queda de la duna. Ahí platiqué con pobladores y pescadores que llevan años, incluso décadas, ahí, y que poco a poco han caído en cuenta de que algo ajeno llegó a disponer de lo que consideran su patrimonio: unas dunas que los protegen de huracanes y tormentas.
Teresa Pech, quien pasa a diario frente a la zona por su trabajo, cuenta que la comunidad no sabía lo que ocurría hasta que vio que el dueño del predio, ausente por añosreapareció fraccionando y vendiendo los terrenos. Señala que ahí anidan aves y que la fauna ya se ve «desesperada». Para ella, la zona está presionada «por todos lados», entre Ciudad Maderas y Las Dunas.
Alejandra, con 32 años en Chuburná, firmó la petición por sus hijos:
«Mis padres me decían que eso no se maltrata, se cuida, porque es nuestra naturaleza. Si eso se acaba, ¿entonces dónde vamos a estar?». Para ella, las dunas son el colchón que protege a Yucatán de los desastres naturales; denuncia también que, desde que llegaron más inmobiliarias, comenzaron los bajones de luz y la escasez de agua.

Jesús Goméz, pescador y guía con 37 años en la comunidad, aclaró un episodio viral: la inmobiliaria les regaló chalecos salvavidas durante un tour, sin que supieran de quién era el logo. «Cuando se volvió viral nos percatamos; vamos a juntar los chalecos y devolverlos», dice. Le preocupa, sobre todo, el ritmo de crecimiento inmobiliario: contaminación, riesgo para especies, vulnerabilidad ante huracanes.
Yunni y doña Bacilia ofrecen matices de la misma preocupación. Yunni no se opone a que Chuburná crezca, pero cree que no se hace bien. Doña Vacilia recuerda Ciudad Maderas y sostiene que una sola inmobiliaria ya es un peligro, porque llega pensando en su beneficio:
«Cuando era niña me llevaban, muchas familias reunidas, unas montañas de arena, otro mundo. De noche, una maravilla. Ahorita ya no”. Ambas señalan también la falta de luz y agua, agravada, dicen, con la llegada de más desarrollos.
Jorge Cárdenas, biólogo marino, llegó hasta Chuburná para firmar la petición. Advierte que la contaminación lumínica y la pérdida de hábitat ponen en riesgo a las especies que dependen de la duna: «Por la luz no podrían llegar las tortuguitas; a los pájaros también les afectaría. No puedes reacomodarlas tan fácil.» Ahí habitan el colibrí tijereta mexicano (Doricha eliza), en peligro de extinción, y la matraca yucateca (Campylorhynchus yucatanicus), amenazada, ambas protegidas por la NOM-059-SEMARNAT.
Caminando por la duna, no había notado un pequeño nido de colibrí hasta que Aurora Rubio, del colectivo, me lo mostró.
«Hago esto, por mis colibríes», me dice con una mezcla de rabia y tristeza.
Son numerosos los colibríes que habitan ahí, atendiendo nidos diminutos. Verlos fue una de las escenas más conmovedoras del recorrido, y deja una pregunta difícil de sacudir: ¿por qué se sigue destruyendo su hábitat?.

Antes de llegar a la zona más afectada me encontré un letrero: «Cuidemos juntos nuestras dunas costeras», a metros de lo que hoy es una zona de desastre. Ahí es evidente cuánta arena se ha retirado, en montículos que no formó la naturaleza sino la maquinaria. Queda una pregunta sin responder: ¿a dónde se llevó toda la vegetación que existía ahí?.
Por la tarde nos reunimos con Lirios del Mar, colectiva de mujeres de Chuburná Puerto, Sandra Lara, Uridia Moo, Marinita Castro y Rosario Uc; dedicadas a reforestar la duna con plantas nativas. Fueron los talleres del grupo los que les enseñaron, ya de adultas, para qué sirve la duna que siempre tuvieron enfrente. Recuerdan una casa de dos pisos construida donde ya se había retirado la duna: cuando llegó un ciclón, el mar se la llevó.
El grupo monitorea más de veinte especies nativas y asegura que el colibrí que solo anida ahí, depende de ella. Sobre el avance inmobiliario, ofrecen una estimación propia, basada en años de monitoreo: «Ya llevan un aproximado de 20% arrasado.» Y sobre las franjas de conservación que dejan las empresas: «Dejaron sus 50 metros frente al mar y dicen que la protegen. Son cosas que, viviendo acá, solo se pueden saber”.
También señalan amenazas cotidianas como motos, cuatrimotos, basura y recuerdan cuando el huracán Milton borró, en día y medio, meses de trabajo de reforestación. Su mensaje no es contra el crecimiento, sino contra crecer sin medida: «Afecta a todos, desde el colibrí, desde las plantas, hasta nosotros y nuestros hijos”. La tarde terminó con las cinco coreando: «¡Protejamos las dunas!».
Lo que la escena de campo no puede mostrar está en los documentos —y estos cuentan una historia con un giro que no es menor. Propietarios anteriores del predio (Tablaje Catastral 1913)
- 1983: el predio es adquirido por Antonio Larrea y Peón, María Elena Larrea y Peón de Rivero y Elda Peón Bolio.
- Posteriormente pasa a Eyder Gaultier Marrufo Pavia.
- 2023: el predio es vendido a Auralux Representaciones, S.A. de C.V.
El 27 de septiembre de 2023, Auralux Representaciones S.A. de C.V. presentó ante la SEMARNAT la primera Manifestación de Impacto Ambiental de «Las Dunas, Chuburná» (clave 31YU2023TD115), sobre un predio de 92,017.30 m² en el Tablaje Catastral 1913, para un complejo de 74 departamentos en seis torres. Tres meses después, el 13 de diciembre de 2023, mediante el oficio 726.4/UGA-1789/003248, la SEMARNAT negó la autorización: el predio se ubica en dos geosistemas del Programa de Desarrollo Urbano de Progreso donde el desarrollo urbano es uso incompatible, por ser zona de anidación de tortugas marinas y vida silvestre, incompatibilidad que, según la autoridad, el proyecto nunca justificó.

Un año después, el proyecto volvió a evaluación, pero por una vía distinta y con otra escala. El 17 de diciembre de 2024, Auralux presentó una segunda MIA, expediente nuevo, clave 31YU2024TD116, ya no para 74 sino para 138 departamentos en 14 torres, sobre la misma superficie de 92,017.30 m². En lugar de la clasificación municipal que había tumbado el primer intento, este expediente se apoyó en la Licencia de Uso de Suelo LUS 079/24, en una Factibilidad Urbana Ambiental del IMDUT y en una clasificación distinta del suelo municipal (Área Urbanizable Programada Tipo 1), sin volver a mencionar la incompatibilidad que había fundamentado la negativa anterior.
El resultado, esta vez, fue otro: mediante el oficio 726.4/UGA-0371/006675, firmado hacia mediados de Julio de 2025, SEMARNAT resolvió autorizar el proyecto de manera condicionada, exigiendo conservar intactos 48,608.09 m² (52.8% del predio), un programa de rescate de flora y fauna previo al desmonte, prohibición de usar químicos o fuego para despejar el terreno, y vigilancia permanente de la PROFEPA durante toda la obra.
Hay, sin embargo, un mecanismo legal que pudo haber puesto estos expedientes frente a la comunidad, y no hay registro de que se haya usado. La LEY GENERAL DEL EQUILIBRIO ECOLÓGICO Y LA PROTECCIÓN AL AMBIENTE establece que, una vez presentada una Manifestación de Impacto Ambiental, el promovente debe publicar un extracto del proyecto dentro de los cinco días siguientes; a partir de esa publicación, cualquier ciudadano tiene un plazo de diez días para solicitar que se abra una consulta pública sobre el expediente.
Es decir: la ley no obliga a la autoridad a buscar a los vecinos de Chuburná, sino que depende de que alguien, dentro de esa ventana de diez días, pida formalmente que se abra. No hay evidencia, hasta donde pudo confirmarse para este reportaje, de que se haya publicado ese extracto de manera que la comunidad lo viera, ni de que alguien haya solicitado la consulta para el expediente de 2024 (31YU2024TD116). Sea cual sea la razón, el resultado es el mismo que describen los vecinos: un proyecto que pasó de 74 a 138 departamentos sin que nadie en Chuburná supiera que existía esa ventana, y mucho menos que se estaba por cerrar.
Esto coincide con lo que todos los testimonios de esta crónica repiten, cada quien a su manera: nadie fue avisado. Teresa Pech se enteró cuando vio al dueño del predio, ausente por años, reaparecer fraccionando y vendiendo. Alejandra y las demás firmantes de la petición se sumaron después de que el proyecto ya estaba en marcha. El propio comisariado ejidal, en 2024, tuvo que exigir por su cuenta un documento que justificara la maquinaria que ya estaba sobre la duna. En ningún relato de los consultados aparece una reunión previa, un aviso público visible en el pueblo, o una notificación directa antes de que la obra comenzara a moverse.
Nada de esto, ni la negativa de 2023, ni la autorización condicionada de 2025, aparece en el folleto de «Dunas» que se difunde en las redes sociales, de la desarrolladora Designia, que promociona los departamentos bajo el eslogan «Despierta en modo verano», pensados, según el texto, para «armonizar con su entorno». El material de venta, de hecho, ni siquiera refleja ya el proyecto que terminó autorizado.

En sitio, entre la obra y el mar median entre 56 y 64 metros de arena, margen estrecho frente a lo que los dictámenes exigen conservar intacto. A pocos metros de la maquinaria, un escalón interrumpe la playa, marcando hasta dónde llegaba el mar antes. No puede afirmarse que la obra sea la causa directa, pero coincide con lo que la ciencia costera documenta: al remover la duna, la playa pierde su defensa natural contra la erosión.
El 25 de julio de 2026, el Gobierno del Estado emitió un comunicado en el que reiteró que la protección de la costa «está por encima de cualquier proyecto particular» y confirmó que el proyecto cuenta con documentación federal vigente en la materia, la misma autorización condicionada de Julio de 2025 que hoy ampara la obra.
Lo que sí se puede constatar, sin más oficios, es lo que hay en el terreno: arena blanca sin vegetación, montículos que no formó el viento sino la maquinaria, y una línea de playa que ha retrocedido unos metros desde donde antes llegaba el mar. Y sin embargo, nada de lo que ahí ocurre es, ante la ley, un despojo. La duna que Alejandra recuerda como «otro mundo», el nido que Aurora protege entre lo poco que queda de arena, el hábitat que Jorge Cárdenas nombra con su nombre científico como quien intenta salvarlo nombrándolo: nada de eso tiene, en los documentos, más dueño que el que consta en un tablaje catastral.
Solo los primeros veinte metros de arena, contados desde donde rompe la ola, son de la nación y no se venden. Todo lo demás, los cincuenta y tantos metros que hoy separan la maquinaria del mar, la duna entera donde anidan las tortugas, el mismo montículo donde Aurora encontró el nido de colibrí, cabe en una escritura, se hereda, se fracciona, se vende. Así pasó de los Larrea y Peón a Marrufo Pavia, y de él a Auralux, sin que en ningún papel constara jamás lo que la comunidad siempre supo sin necesidad de un título: que esa arena los protegía.
Ese es el dolor que ningún oficio menciona: que lo que Chuburná Puerto entiende como suyo, su colchón contra los huracanes, el paisaje que sus padres les heredaron sin escritura de por medio, el lugar donde sus hijos iban a aprender lo que ellos aprendieron de niños, nunca estuvo, legalmente, en sus manos. La ley no les pidió su opinión porque no tenía que pedírsela; la duna no era suya para que se las quitaran. Y quizás ahí está la pregunta que de verdad incomoda, más allá de los expedientes y las autorizaciones: si el patrimonio de una comunidad puede estar todo el tiempo en manos de otro, ¿qué le queda a esa comunidad más que mirar, firmar peticiones y preguntarse, como Alejandra, dónde va a estar cuando ya no quede nada que mirar?.
A eso se suman las voces que documentan el cambio: Teresa, que ve llegar mapaches al pueblo. Jesús, que junta los chalecos de una marca que no reconoció. Yunni y doña Bacilia, que no se oponen al crecimiento, solo a que sea sin medida. Jorge Cárdenas, que advierte sobre la luz que ahuyenta a las tortugas. Las mujeres de Lirios del Mar, que vieron un huracán borrar meses de trabajo en día y medio. Y Aurora, que sigue mostrando nidos de colibrí entre lo poco que queda de la duna.
Todas parecen coincidir, sin ponerse de acuerdo, en la misma pregunta que Alejandra hizo semanas antes, sin saber que resumiría lo que siente toda su comunidad:
«¿Entonces dónde vamos a estar?”



