Texto y fotografía por Sofía Vital
«ipsa scientia potestas est«
La costa de Yucatán crece con inmobiliarias detrás. Colectivos, investigadores y comunidades vienen documentando el mismo patrón: proyectos que avanzan sobre dunas, manglares y humedales sin que nadie del lugar sea consultado.
Chuburná Puerto fue donde ese patrón se volvió imposible de ignorar. En julio de 2026, la remoción de arena y vegetación para el proyecto «Las Dunas» puso el problema en la mira y subrayó lo que hoy atraviesa a Yucatán: una invasión sin conciencia sobre el medio ambiente y sobre las comunidades mismas.
Esta entrevista será larga para el lector, mucho más de lo habitual. Pero es necesaria: para entender más allá del problema, para entender por qué un colectivo entero ha decidido hacer lo imposible por salvar lo que algunos llaman, con desdén, «un montículo de arena y pasto».
Decidí contactar a la Dra. Ulsía Urrea Mariño, doctora en Coastal and Marine Systems Science; no solo por su conocimiento sobre el tema, ella vivió de primera mano lo que, hace algunos años, le pasó a las playas de Sisal. Su trabajo, en resumidas cuentas, es traducir evidencia científica en decisiones públicas para la gestión de zonas costeras, labor que ha desarrollado en México, América Latina, Estados Unidos y Japón. Con datos, casos de estudio y análisis legislativos, aporta la evidencia que sostiene decisiones de gobierno, sin importar nivel ni partido.

Antes de la entrevista le mandé dos fotografías: una duna de Chuburná Puerto tal como era, cargada de vegetación, y la misma duna después, arrasada por la maquinaria de «Las Dunas». A partir de esas imágenes, le pregunté algo que suena simple pero que debe recordarse siempre: ¿por qué importan las dunas?
«Los sistemas de una playa son muy dinámicos, cada playa guarda, de forma natural, dos reservas de arena: una submarina (esas dunas que se alcanzan a ver romper antes de que llegue la ola) y otra en tierra, vegetada o no. Cuando las dunas ya están vegetadas, es donde la mayor cantidad del tiempo llega ahí el mar”.
Ese vaivén cambia con las estaciones. En invierno, con más nortes y tormentas, la arena yucateca se va al mar y las playas se ven más pequeñas; en verano regresa. Un movimiento natural de las playas en Yucatán. Ese equilibrio se rompe de dos formas: una natural (como el huracán Gilberto en 1988, que arrastró arena al mar de forma irreversible) y otra humana. La parte humana podemos imaginárnosla, pero por si las dudas, Ulsía tenía dos ejemplos listos.
- El primero: infraestructura que corta el flujo de arena. Puso el caso de Chelem, donde el muelle de Progreso interrumpió ese flujo y hoy la gente vive con problemas de erosión que no eligió.
- El segundo: el daño directo a las dunas vegetadas, que funcionan como reservorio activo. «Esa arena es como el almacén que está nutriendo esa playa», dijo, y al destruirlas se pierde la fuente que alimenta la costa de forma continua.

¿Las dunas protegen la costa, entonces?
«Sí», respondió sin dudar. Pero lo que de verdad le interesaba explicarme era otra cosa: ¿qué hace una duna que un muro de concreto no puede hacer?
Lo resolvió con una imagen sencilla. Si avientas agua contra una tabla rígida, la fuerza rebota, se refracta. Es lo mismo que pasa en los hoteles y condominios con albercas junto al mar: el oleaje golpea la barda y termina socavando la arena de alrededor, porque esa fuerza que trae el mar no se disipa, se refleja.
Con la duna ocurre lo contrario: la arena suelta cede terreno, pero absorbe el golpe en vez de devolverlo. Básicamente la fuerza con la que llega el oleaje, tanto las dunas como los manglares la aminoran. Y no solo el mar, también el viento causa erosión, y es la vegetación la que reduce esa fuerza en ambos casos. Sí te van a quitar arena, pero no te la va a quitar como si no hubiera vegetación, porque el problema es cuando no hay vegetación.
Volvimos a las fotografías. Lo que se ve ahí, me explicó, no es una sola duna sino un sistema completo, «como carrilitos»: las más viejas, cerca del manglar, altas y con árboles; las más nuevas, cerca del mar, apenas con plantas rastreras. Esa vegetación es la que marca la diferencia frente a un huracán, un norte o una lluvia intensa.

«Cuando tienes un ecosistema que no está perturbado, las dunas que sí tienen vegetación son más resilientes. Se dañan, pero el propio sistema se restituye más rápido” expresa Ulsía con un rostro de preocupación al ver la cantidad de vegetación que fue removida hace unas semanas.
El problema aparece cuando ese sistema ya está roto,como en el predio de Chuburná. Al perder continuidad y vegetación, la zona se convierte en un canal por donde el agua entra sin freno, capaz de tumbar las dunas que quedan antes de llegar al manglar, o de agravar las inundaciones.
«Es probable que se inunde, pero se inundará menos cuando hay vegetación, ya que las raíces ayudan a infiltrar el agua; sin ella, la inundación puede ser más prolongada o más intensa. El viento hace el resto, erosiona la arena expuesta, que ya no regresa a otra duna cercana sino que se pierde en el mar o el pantano”.
Qué complejo, pensé. Pero, en realidad, mientras Ulsía explicaba cómo funciona todo ese ecosistema, solo en Chuburná Puerto fui comprendiendo que todo tiene una función en nuestro medio ambiente. Y ahí subrayó lo siguiente:
“Al final la arena que está en las dunas es la que alimenta a la playita que les están vendiendo a los turistas. Como me decía un profesor, es matar a la gallina de los huevos de oro”.

Antes de pasar a la siguiente pregunta, me atrevo a contar, rápido, una experiencia propia: un día mi madre nos llevó de niñas a la playa (no diré cuál), y ya llevábamos un buen rato de tarde familiar cuando llegaron dos personas y, de manera agresiva, nos corrieron de ahí. Mi madre no se movió. Dio su lucha y la cerró con una frase que hasta hoy recuerdo: «Está en la Constitución, estas playas son libres”. Entonces, la pregunta aquí es: ¿cuántas playas estamos perdiendo así?
En Chuburná Puerto la mayoría de la playa ya es privada; a la gente solo le queda libre el playón. Le pregunté a Ulsía si eso es excepcional y su respuesta fue muy seria:
«Casi siempre, cuando hay un desarrollo inmobiliario o industrial en las zonas costeras, la gente local pierde el acceso a las playas. Esto no es un problema exclusivo de México; ocurre en Canadá, Jamaica o el Caribe”.
La ley mexicana, en teoría, blinda ese acceso: la Ley General de Bienes Nacionales reconoce el libre tránsito sobre la zona federal marítimo-terrestre, una franja de veinte metros (veinte mezquinos metros) desde donde rompe la ola hacia tierra adentro, donde no se puede obstruir el paso salvo infraestructura estratégica como puertos o instalaciones militares. Pero el problema, me explicó, no está en esa franja: está en cómo se llega hasta ella. La ley no garantiza un camino perpendicular desde la calle hasta la playa, y basta con que haya propiedad privada justo después de esos veinte metros para que la gente se quede sin ruta, aunque en el papel tenga todo el derecho de estar ahí.
«Académicamente hablando, esa zona federal marítimo-terrestre es la herencia colonial de lo que era una zona de maniobra militar, desde la época de la conquista. Todas las colonias españolas en América compartimos esa figura. Esos veinte metros los estableció la corona para mover cañones, atracar barcos, desembarcar mercancía. Por eso son veinte metros, y solo se heredaron. ¿Es suficiente? Depende para qué lo quieras ver. Ecosistémicamente, no, veinte metros no te aseguran nada.»
Y a pesar de tener leyes y reglamentos, solo son pertinentes las que realmente funcionan contra quienes llegan con un «sueño» que termina rompiendo el de los demás. Así que la duda es:
¿Y quién respalda entonces a las dunas? ¿Quién protege ese patrimonio?
Más allá de la Ley General de Bienes Nacionales, hay otras normativas que Ulsía describe como «muy casuísticas y engañosas, dependiendo quién las interprete». La Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente reconocen a dunas, manglares y ecosistemas costeros como zonas protegidas y obliga a cualquier desarrollo a presentar una Manifestación de Impacto Ambiental. Ese respaldo opera en tres niveles: federal, con las unidades de gestión ambiental que la Semarnat define a lo largo del Golfo de México; estatal, con el POETCY, que adapta esas reglas a Yucatán y hasta recomienda qué estructuras construir en zona de duna sin favorecer la erosión; y municipal, con ordenamientos ecológicos y planes de desarrollo urbano que en teoría deben respetar ambos niveles anteriores. A eso se suman los decretos de áreas naturales protegidas (con sus zonas núcleo intocables y sus zonas de aprovechamiento) y tratados como los sitios Ramsar, que desde 1917 protegen humedales prioritarios, o las Aicas, que hacen lo propio con las aves acuáticas.

Con todo ese mapa legal ya explicado, quise aplicarlo al caso concreto, aunque fuera como ejercicio propio: Chuburná está dentro de una zona que el propio estado de Yucatán reconoce como protegida (arenales y manglares), hogar de fauna que depende de ese ecosistema. Si el plan de manejo de esa área clasifica el sitio como «de conservación» y no como zona apta para desarrollo, hay una razón que salta a la vista: hasta ahora, nadie había construido ahí. Es decir, la ley ya debería estar protegiendo ese terreno antes de que a nadie se le ocurriera pedir un permiso.
Nada de esto ocurre en el vacío. Le pregunté, para cerrar, cómo se conecta todo esto con el cambio climático, y su respuesta empezó por lo más simple de ver.: desmontar cualquier vegetación (incluida la de las dunas) libera gases de efecto invernadero. Pero el daño mayor viene después: un ecosistema degradado pierde su capacidad de amortiguar los fenómenos extremos, y entonces huracanes, inundaciones, nortes, sequías o incendios golpean con más fuerza, tanto a la naturaleza como a la gente que vive junto a ella.
«Esto ocurre porque las dunas y los manglares son la defensa natural de la costa contra el oleaje y el viento; al eliminarlos, las mareas altas y los huracanes impactan sin ninguna barrera que disipe su energía. A la par, se pierden servicios ambientales esenciales: menor disponibilidad de agua potable, menor producción de oxígeno, pérdida de hábitat para especies y polinizadores, y menos capacidad de regular el clima local”.

La factura, al final, la pagan quienes terminan viviendo sobre esos terrenos: dunas o manglares desecados que perdieron su función protectora, y con ella, cualquier barrera real contra la próxima inundación o el próximo viento fuerte.
Antes de despedirnos, Ulsía me compartió un par de materiales para seguir el tema: un tríptico elaborado por distintos investigadores, disponible en Zenodo, y otro publicado por el Instituto de Biología de la UNAM sobre dunas costeras. Ninguno de estos materiales va a devolverle a Chuburná la arena que ya perdió. Pero,como ella misma dijo, son documentos públicos, y eso, en un caso donde a nadie se le preguntó nada, ya es algo.
Si de verdad quieres saber qué protegemos cuando protegemos un montículo de arena y pasto, ahí van tres puertas de entrada:
1.- https://avesmx.conabio.gob.mx/FichaRegion.html#AICA_194
2.- https://bitacoraordenamiento.yucatan.gob.mx/archivos/poety/POETY_2023.pdf
3.- https://bitacoraordenamiento.yucatan.gob.mx/archivos/poety/Criterios_POETY.PDF
4.- https://zenodo.org/records/17727751
5.- http://www.biocon.unam.mx/difusion-tripticos…/dunas.pdf
6.- https://www.instagram.com/p/DbLjSDCFDpE/?igsh=MXdib2Nxd20wbnEyMg%3D%3D




