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El 10 de mayo de las madres buscadoras en Yucatán

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Texto y fotógrafías por Sofía Vital

La mañana ya caía pesada sobre Mérida. Eran apenas las nueve y, al llegar al Parque de la Madre, el aire parecía dividirse entre una ligera brisa y la humedad sofocante del calor. Bajo la sombra de los árboles, Clara Gutiérrez, fundadora y representante del colectivo Familias Buscadoras de Yucatán Encontrando Esperanzas, esperaba la llegada de más madres.

Ese día no era una mañana cualquiera. En el marco del Día de las Madres, el colectivo convocó a una jornada por la memoria en el Parque de la Madre, renombrado simbólicamente como el Parque de las y los Desaparecidos. Poco a poco comenzaron a llegar mujeres con las miradas marcadas por la ausencia.

Frente a ellas se levanta el Monumento a la Madre, inaugurado en 1928 e impulsado por la Liga de Acción Social de Yucatán. La escultura, réplica de Maternité, obra del escultor francés André Lenoir, fue el primer monumento dedicado a las madres en México. Casi un siglo después, ese mismo espacio, pensado para honrar la maternidad, fue ocupado por madres que no celebran, sino que buscan.

Colocaron mantas, fichas de búsqueda, fotografías, recuerdos y un poco de fe para seguir teniendo fuerzas. El parque parecía demasiado grande para tan pocas madres. Algunas seguían buscando a sus hijos; otras no tuvieron el apoyo económico para viajar hasta Mérida y acompañar la jornada.

Le pregunté a Clara qué estaba pasando. Ella suspiró antes de responder. Tenía el rostro cansado.

“Hace falta apoyo… y también sentido para celebrar el Día de las Madres”. Clara se siente destrozada porque este 10 de mayo no recibirá una flor ni aquella rosa roja que su hijo le regalaba cada año.

“Yo sé que no va a venir, pero sé que vendrá en mis sueños, que ahí estaré con él”. Ahí entendí algo: una madre puede seguir de pie incluso cuando la vida le arrancó casi todo.

Entre las asistentes estaba la familia de Christopher Pacho. Tres mujeres llevan años buscándolo. Su hermana, Concepción, cuenta que Christopher, desapareció hace cuatro años en Chetumal y tenía 21 años de edad, mientras trabajaba haciendo mandados. Desde entonces, dice, la familia ha tenido que viajar constantemente entre Yucatán y Quintana Roo intentando mover una carpeta de investigación que parece detenida.

“Si uno no insiste, las carpetas no se mueven. Los colectivos son los que más nos han ayudado, pero todo tarda porque hay que esperar la colaboración entre fiscalías y la Comisión de Búsqueda”. Concepción rompe en llanto mientras habla de su hermano. Dice que lo extrañan todos. Que era tranquilo. Que ayudaba mucho en casa.

“Simplemente queremos saber dónde está. Y también decirle a la presidenta que lo que le informan no es verdad. Sí hay desapariciones en México. Los números no muestran la realidad”. A su lado, su madre y su hija escuchan en silencio. Las tres han salido juntas a buscar a Christopher durante años, esperando volver a verlo algún día.

Virginia Rodríguez acompaña jurídica y psicológicamente a madres buscadoras. Explica que el 10 de mayo suele convertirse en una fecha especialmente dolorosa.

“Ellas pasan el día recordando a sus hijos, exigiendo justicia y contando su historia desde el corazón. Esa es su forma de vivir el Día de las Madres”. Virginia considera que acompañar a las familias es una responsabilidad colectiva. Hace falta más empatía. Más humanidad frente al dolor que viven.

Antes de iniciar la marcha hacia la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, donde se celebraría una misa, me encontré con Marisela Orozco, fundadora del colectivo “Más Fuerte que Nunca”.

Aunque el colectivo nació hace tres años, Marisela lleva doce buscando. A ella le secuestraron a su hijo Gersón cuando tenía 18 años. La familia pagó para intentar liberarlo. Después, un supuesto amigo les dijo dónde podían encontrarlo. Entonces Alan, el otro hijo de Marisela, y su yerno fueron a buscarlo. Nunca regresaron. Alan tenía 15 años cuando lo asesinaron junto con el yerno. Marisela siguió buscando a Gersón hasta localizarlo hace seis años en una fosa clandestina en Veracruz. Para ella, ser madre se convirtió en algo doloroso.

 “Feliz Día de las Madres, dicen… pero a mí me faltan dos hijos. Estoy muerta en vida, pero sigo luchando. Eso es lo único que me mantiene”. Una flor y una playera morada fueron los últimos regalos que conserva de ellos.

Las madres comenzaron a caminar entre consignas y pancartas. El calor aumentaba mientras avanzaban por las calles del centro. Algunos automovilistas se molestaban por el cierre momentáneo de las calles; otros bajaban la velocidad para observarlas pasar. Policías custodiaban el contingente hasta llegar a la parroquia. Mientras las veía alejarse, me quedó una pregunta dando vueltas: “¿Por qué no había más madres acompañándolas?”

Decidí caminar por el centro de la ciudad y preguntar algo que quizá nadie quiere imaginar:

¿Qué harías si tu hijo desapareciera?

En una banca encontré a Olivia Gómez, originaria de Motul. Leía un libro mientras gustaba la sombra de los árboles. Tiene dos hijos adolescentes. Cuando escucha la pregunta, guarda silencio unos segundos y respira profundamente.

“Me volvería loca. Los buscaría hasta encontrarlos”. Olivia dice que hace falta más apoyo para las madres buscadoras y asegura que jamás dejaría de buscar a sus hijos.

Más adelante conocí a Gloria, una mujer de edad avanzada que prefirió no ser grabada. Tiene tres nietos y una nieta. Ella no respondió pensando en su hija, sino en los niños.

“Creo que terminaría siendo yo la abuela buscadora. Mi hija quedaría devastada. Yo tendría que salir a buscarlos” Gloria habla con enojo, pero también con miedo.

“Ya no estamos seguros. Y si el sistema no responde, entonces entre todos tenemos que cuidarnos. Si alguien está en peligro, hay que ayudar. No mirar hacia otro lado”.

La pregunta parecía haberle removido algo más profundo a Gloria: ¿Cómo llegamos a esto?

La última persona con la que hablé fue Addy Maria, madre de cuatro hijos. Estaba sentada sola en una banca del parque. Hace doce años perdió a una hija de 24 años. La buscó hasta descubrir que había sido asesinada.

“Nosotros hicimos todo por encontrarla. Las autoridades no hicieron mucho”.

Addy María cuenta que siempre tuvo la intuición de dónde estaba su hija, pero nadie la escuchó.

“Antes de morir, ella me dejó un seguro de vida. Ese fue su último regalo del Día de las Madres”. Las lágrimas comenzaron a correr mientras recordaba a su hija y pensaba en sus nietos.

“Hasta que uno no vive esto, no entiende lo que pasa una madre buscadora”.

Cuando regresé a casa pensé en todas las mujeres que conocí esa mañana. En Clara esperando soñar con su hijo. En Concepción viajando entre fiscalías. En Marisela caminando con una flor morada entre las manos.

Luego aparecieron las cifras. Frías. Distantes. Como si no hablaran de ellas. Hasta abril de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas reportó en México 399 mil 460 registros acumulados desde 1952. De ese total, 133 mil 885 personas continúan desaparecidas o no localizadas, mientras que 265 mil 575 han sido encontradas. De estas, el 8.40 % fueron localizadas sin vida. En Yucatán, actualmente hay 342 personas desaparecidas o no localizadas; en Campeche, 125; y en Quintana Roo, 1,873.

Pensé entonces que quizá el verdadero miedo no es solamente desaparecer. El verdadero miedo es que un día nadie pregunte por ti.

Por eso ellas siguen marchando bajo el calor, pegando fichas, levantando mantas y pronunciando nombres en voz alta. Porque mientras alguien siga buscando, sus hijos todavía siguen vivos en la memoria.