Tras pasar horas a la deriva aferrados a una nevera y ser trasladados hasta Veracruz por un mercante, dos sobrevivientes retornaron entre lágrimas a Yucatán; la comunidad se moviliza e improvisa búsquedas para dar con Francisco Chan, quien nadó a la oscuridad para salvarlos.
Mérida, Yucatán, 23 de octubre de 2026—»Confíen en mí, voy a traer la ayuda», les dijo Francisco Chan a sus tres compañeros antes de adentrarse en la inmensidad del mar nocturno. No tenía de dónde agarrarse. Solo llevaba consigo la decisión de salvar la vida de su hermano y de su compañero de tripulación. Agarró dos patas de hule, se las puso y nadó hacia la oscuridad. No regresó.
Eran cerca de las 4:00 de la mañana cuando la marejada sorprendió a la embarcación en altamar. El viento fuerte empezó a garrear y la primera ola los despertó de golpe. Luego vino la segunda. El agua entró sin tregua, haciendo tambalear la estructura hasta dejarla a rás de agua; únicamente la proa sobresalía sobre la superficie, mientras la luz de la nave, inexplicablemente, se mantenía encendida.
«No dio chance de nada», relató Víctor Chan, uno de los sobrevivientes, al recordar la desesperación de esa madrugada. En medio del oleaje, la lluvia implacable y la oscuridad de toda una noche «feísima», la prioridad era pura supervivencia. «En ese momento no piensas nada, solo en agarrarte y sostenerte bien», rememoró Víctor. Aferrados a una nevera y a los restos de la proa, resistieron embate tras embate mientras él les pedía mantener la calma y no desesperarse, sabiendo que tendrían que esperar dos o tres días a que pasara el mal tiempo.
Tras resistir un día entero a la deriva, a las 10:00 de la mañana la suerte pareció darles una tregua: un buque mercante detuvo su marcha y bajó su escalera. Pensaron que se pasaría de largo, como suele ocurrir, pero el barco se detuvo, los rescató e informó de inmediato a la Capitanía de Puerto que faltaba un integrante de la tripulación.
Debido al cierre del puerto por el mal tiempo, el buque los trasladó hasta Veracruz. Ahí esperaron un día más,desprovistos de todo documento o identificación para acreditar que eran originarios de Yucatán. Fue necesaria la intervención de las autoridades y trámites en un hospital veracruzano para emitirles un salvoconducto temporal que supliera la falta de CURP o identificación oficial.
Mientras tanto, en Celestún, la angustia se convirtió en movilización comunitaria. Ante la inmovilidad de las autoridades, que tardaron 51 horas en activar las labores oficiales a través de la Secretaría de Marina (Semar), el pueblo no se quedó con los brazos cruzados. Las familias y vecinos organizaron colectas para comprar combustible y costear la salida de las embarcaciones. Un contingente de 14 lanchas —11 de ellas tripuladas por voluntarios— se adentró entre la noche del lunes y la madrugada del martes para rastrear el mar.
La presión social ejercida por la comunidad obligó finalmente a la reacción estatal. El gobernador Joaquín Díaz Mena anunció la incorporación de un helicóptero de la Secretaría de Seguridad Pública para un operativo de búsqueda aérea, vuelo que inició la mañana del martes alrededor de las 8:00 horas.
El regreso a casa ocurrió este jueves a la 1:30 de la tarde. Portando aún sus trajes de supervivencia color naranja, los sobrevivientes pisaron tierra firme. La tensión acumulada estalló en el muelle cuando uno de ellos se fundió en un abrazo con su familia y rompió en llanto.
En el puerto, el alivio del reencuentro se mezcla con la exigencia de no cesar el rastreo: las familias insisten en que a Francisco tienen que buscarlo sea como sea.



