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Proteger al pederasta, culpar a la alumna: el pacto que la Serapio Rendón no ha roto

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¿Qué pasa cuando no se le pone un alto a un depredador? Veinticuatro años antes de que 15 estudiantes alzaran la voz en Mérida, las alumnas de la Serapio Rendón ya denunciaban el acoso escolar. El «pacto de ocultamiento» institucional sigue intacto, pero el miedo de las adolescentes ya no.

Por Claudia V. Arriaga Durán. 

Mérida, Yucatán, 25 de junio de 2026.- El registro de delitos sexuales contra 15 estudiantes —y el embarazo de una de ellas— desencadenó una ola de protestas para exigir justicia por las menores víctimas de un presunto pederasta en la secundaria estatal Serapio Rendón, al sur de la ciudad de Mérida.

Las madres y padres de familia denunciaron como presunto responsable al maestro José y, a su vez, a la directora Rosa Ileana Rivera Coronado por encubrirlo. Sin embargo, estas acusaciones no representan un escenario nuevo en dicha escuela. Hace más de dos décadas que existe registro de agresiones sexuales contra las estudiantes; casos de acoso y abuso sexual que fueron ocultados sistemáticamente por las personas que en aquel momento estaban al frente de la institución.

Tenía 15 años cuando, en el 2002, algunas exalumnas —incluyéndome— fuimos acosadas sexualmente, y otras más, víctimas de abuso.

La administración de aquella época poco hizo por salvaguardar lo que debería ser un espacio seguro. No dieron aviso a las autoridades de justicia y mucho menos a las de la Secretaría General de Educación de Yucatán (Segey). A esto se sumaba la falta de información y el desconocimiento que existía en torno a la denuncia y los derechos de los menores como estudiantes. Tampoco se hablaba con frecuencia de que era posible para las mujeres vivir una vida libre de violencia.

La brecha de desigualdad se hace presente cuando se elige proteger a los agresores —a los pederastas— dentro de una escuela en lugar de a las y los estudiantes. Existe un pacto de ocultamiento que hoy, finalmente, desencadenó en Yucatán una serie de protestas en distintas escuelas del estado. Y qué bueno.

Un maestro de historia abusador

En el 2002, el maestro de historia de la secundaria Serapio Rendón, a quien llamaremos Armando, cometió una serie de abusos sexuales bajo la idea de que no tendrían repercusiones. Pero sus acciones en contra de las estudiantes de tercer año no pasarían desapercibidas.

Aprovechó el desinterés de varias alumnas en su materia y sus bajas calificaciones para cruzar una línea e invadir la privacidad de las adolescentes. Mediante llamadas telefónicas a nuestras casas, realizaba invitaciones para ir a estudiar a la suya.

En casos como el mío, tuve la fortuna de que mi mamá se percató de las señales. Aunque ella, como muchas mujeres, era jefa de familia y trabajaba, esa tarde estaba en casa. Tras escuchar mis palabras, tomó el teléfono y respondió al ofrecimiento de las clases privadas que nadie le había pedido al maestro de historia.

“Mi hija es menor de edad, ¿por qué le llama a casa para ofrecerle clases privadas en su domicilio?”, reclamó aquel día.

A mi mamá, garantizarme seguridad le costó pedir permiso para llegar tarde al trabajo y perder medio sueldo ese día. Acudió a la escuela secundaria a reportar las acciones del maestro, pero la respuesta de la dirección fue escueta y tibia: “Vamos a hablar con él”, mencionaron.

¿Qué ocurre cuando no se le pone un alto a un depredador? Las conductas delictivas y de abuso contra los menores continúan.

Él siempre vestía con ropa formal: la camisa por dentro del pantalón —ya fuera de mezclilla o de tela—, el cinturón bien fajado (como decimos en Yucatán) y zapatos o botas pulidos con acabado en punta. De piel morena, complexión robusta y bien peinado, despedía un aroma extraño, una mezcla entre desodorante y el perfume Brut. Tenía un automóvil muy particular, un Sedán modelo de los 90 cuyo manubrio llevaba un forro de piel de víbora o algo similar.

Y ahí estábamos en el estacionamiento, varias estudiantes de tercer grado, reclamando…

Veíamos el rostro descompuesto de Anel, la más grande del grupo, quien lloraba por el miedo que le tenía al maestro. Estaba aterrorizada. A nosotras eligieron no creernos; redujeron el problema a un berrinche de adolescentes con “malas calificaciones”. Aun así, se convocó a una junta en la que se buscaba exculpar al maestro y justificar sus abusos basándose en nuestras supuestas malas conductas, que no eran otra cosa que no prestar atención en clase. Así, la dirección validó a un pederasta por encima de nuestros reclamos. La única «victoria» fue que lo quitaron de nuestro grupo; es decir, enviaron el problema a otro salón.

Anel sí sufrió abuso sexual.

No hubo denuncia ni acompañamiento por parte de la escuela. No la veían como víctima porque era la más grande, “repetidora y malportada”, señalaban con frecuencia los maestros. Si eres “mala” y además eres pobre, para el sistema simplemente no puedes ser una víctima.

Un abuso que culminó en la violación de otra estudiante

Jugaba basquetbol y futbol. Mis amistades eran de la 3C, de la BOF y la Neightbor —no recuerdo qué otras bandas había—; fui testigo de las peleas uno a uno entre pandillas. A veces me escapaba de clases, algunas para acompañar a mis amigas a hacerse piercings al centro y otras más para irme a dormir a mi casa. Aun así, tenía buenas calificaciones y una mamá que hacía esfuerzos excepcionales por cuidarme.

La secundaria “rival” era la Federal #4, ubicada en el fraccionamiento vecino. Honestamente nos ganaban, porque organizaban los mejores bailes.

Los días de entrega de calificaciones había junta con las madres y padres de familia. Quizás a algunos les iba mal, pero aun así eran mañanas que disfrutábamos porque entrábamos tarde a clases. Esas eran las únicas ocasiones en las que podía pasar por una amiga que vivía a cuatro cuadras de mi casa; había una distancia de apenas cinco minutos hacia la escuela.

Íbamos caminando con el uniforme puesto: la falda a la rodilla, la blusa blanca suelta y tenis. Era de día. En la zona pasaba el transporte público, había tiendas, carnicerías y pollerías. Se suponía que era un trayecto seguro.

De pronto, un Atos gris frenó de golpe junto a nosotras. Descendió del vehículo un hombre joven, como de 20 años, moreno, alto y de cabello castaño. Me levantó e intentó meterme al auto a la fuerza mientras me tocaba. Mi amiga se paralizó de miedo; yo no recuerdo exactamente cómo logré zafarme y evitarlo.

Llegamos a la secundaria, vimos a nuestras mamás, teníamos terror y, aun así, no dijimos nada en ese momento. Recuerdo que abracé a la mía y ella se fue, otra vez, tarde al trabajo. Siempre priorizó estar al pendiente de mí, aunque le costara medio salario.

Más tarde, mi amiga y yo acudimos juntas a la dirección para reportar lo sucedido. El director dio aviso a la policía y solo por un mes hubo vigilancia en los alrededores. Al día siguiente, nos enteramos de la terrible verdad: el mismo sujeto que me había agredido interceptó y violó a una estudiante de la secundaria Federal #4.

La realidad nos golpeó de frente: la falta de protocolos de fondo y el silencio institucional de ayer abrieron el camino para las tragedias de hoy.