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Abre sus puertas el comedor para migrantes en Mérida

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Texto y Fotografías Por Sofía Vital

Es viernes 5 de junio. El calor cae sobre Mérida como cualquier otro día, pero dentro de una casa ubicada en la calle 79 del centro de la ciudad de Mérida ocurre algo distinto. Hay prisa, nervios y sonrisas. Hay personas entrando y saliendo con bolsas, utensilios y alimentos. Hay quienes acomodan mesas y quienes revisan por última vez que nada falte.

Desde hace varios días todos han estado trabajando para llegar a este momento. No importa si son voluntarios, integrantes de la Pastoral de Movilidad Humana o los propios migrantes. Cada quien ha puesto algo de sí para hacer realidad un proyecto que durante mucho tiempo existió solamente como una idea: un comedor para migrantes en Mérida.

Al entrar, el olor es el de una casa cuando espera visitas. En la cocina hierve un platillo profundamente yucateco: frijol con puerco. Unas manos cortan cebolla, otras rábanos. Hay quienes acomodan insumos en el refrigerador mientras otros limpian, ordenan o simplemente preguntan qué hace falta.

La música acompaña el movimiento constante. El calor obliga a secarse el sudor de vez en cuando. Entre una tarea y otra aparecen las conversaciones: historias de viajes, de ciudades lejanas, de despedidas y también de nuevos comienzos. Los nervios están presentes. Porque abrir un comedor parece algo sencillo cuando se resume en una frase. Pero detrás de una olla de comida hay recursos, organización, voluntades y muchas horas de trabajo invisible.

Pero sobre todo, hay esperanza, anhelo; que alguien llegue con hambre y encuentre algo más que un plato servido. El anhelo de que una ciudad pueda mirar a quienes vienen de fuera como personas y no solamente como cifras o titulares.

«Hoy estamos aperturando el comedor para migrantes, personas en movilidad que no necesariamente tienen que ser extranjeras. También puede ser migración interna», explica Enrique Puc Rosado, agente de Pastoral de Migrantes y Refugiados de la Arquidiócesis de Yucatán.

Por ahora, el comedor funcionará los viernes. De mediodía a tres de la tarde se servirán alimentos para quienes lo necesiten. Más adelante, conforme crezca el proyecto, esperan ampliar los días de atención. La idea surge en un momento donde las rutas migratorias han cambiado. Muchos albergues se han convertido también en espacios donde la prioridad es garantizar la alimentación de quienes atraviesan largas jornadas de incertidumbre.

«Vemos algo prioritario el alimento. Muchos tienen dónde rentar, pero tienen el problema de la comida», comenta.

El proyecto cuenta actualmente con apoyo de Cáritas Mexicana, aunque sus impulsores saben que el futuro del comedor dependerá también de la solidaridad ciudadana. Un limón, una despensa, una bolsa de azúcar o unas horas de voluntariado pueden hacer la diferencia.

También durante la apertura del comedor, existe un trabajo que pocas veces se ve. Parte de esa labor la realiza Alas A.C., una asociación encabezada por Jorge Gabriel Chan Coob que acompaña a personas migrantes en temas legales y de asistencia social. Desde la organización del comedor hasta la búsqueda de recursos y voluntarios, la asociación se ha convertido en uno de los pilares que sostienen el proyecto. La tarea no ha sido sencilla.

Conseguir insumos, reunir equipo de cocina, coordinar voluntarios y asegurar recursos para las próximas semanas forma parte de los desafíos cotidianos.

«Ha sido difícil. Hemos tenido dificultades en cuanto a equipos de trabajo, voluntarios y recursos», reconoce Jorge.

Para Alas A.C., el objetivo va más allá de servir alimentos. La asociación brinda orientación en trámites migratorios, apoyo para la regularización de documentos, acompañamiento en casos de violencia y vinculación con oportunidades laborales para quienes buscan comenzar una nueva etapa en Yucatán. Para la organización, la apertura del comedor responde a una necesidad creciente en Mérida, donde la población migrante ha aumentado en los últimos años y aún existen pocos espacios diseñados específicamente para atender sus necesidades.

La escena rompe con muchos prejuicios. En tiempos donde los discursos sobre migración suelen estar cargados de miedo o desinformación, aquí la realidad tiene otro rostro: personas ayudando a personas.

«Ahorita son los mismos migrantes los que están cocinando», señala Enrique.

Actualmente la organización acompaña a más de 200 migrantes de distintas nacionalidades. La mayoría son cubanos. También hay venezolanos, haitianos y personas provenientes de otros países e incluso de otros estados de México.

Cada uno llegó cargando una historia distinta. Algunos buscan trabajo. Otros esperan resolver trámites. Otros simplemente intentan encontrar un lugar donde descansar antes de continuar el camino.

En medio de esas historias, el comedor busca convertirse en algo más que una cocina. Por eso lleva el nombre de comedor Genny Caceres, una mujer recordada por su compromiso con las personas migrantes en Yucatán.

«Qué rico es recibir un plato de comida caliente en un lugar digno», reflexiona Enrique.

Quizá ahí está el verdadero significado de este proyecto. No en los kilos de comida que puedan servirse ni en la cantidad de personas que lleguen cada viernes. Sino en algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de construir en estos tiempos: una mesa donde nadie tenga que explicar por qué llegó hasta aquí antes de ser invitado a comer. 

Quienes deseen apoyar el proyecto pueden hacerlo mediante donativos en especie, aportaciones económicas o trabajo voluntario. Toda ayuda suma, desde alimentos e insumos básicos hasta tiempo para cocinar y colaborar en las actividades del comedor. Las personas interesadas pueden acercarse directamente a la parroquia de San Sebastián o comunicarse al número de teléfono 999 449 2508 para conocer las necesidades del proyecto y las distintas formas de contribuir.