Por Sofía Vital
Bastaron tres días y medio para prender una mecha que llevaba mucho tiempo apagada. Una mecha que encendió a la ciudadanía yucateca, y a la que no lo es, frente a injusticias que se arrastran desde hace años.
El jueves 15 de octubre, a mediodía, Josefina Ramos, una mujer mayor que caminaba con su fiel compañero, un bastón que casi nadie notó, exigió atención en las oficinas de la JAPAY, en el centro de Mérida. Ese bastón se volvió símbolo de resistencia para ella y para quienes se sintieron representados: personas que viven al día, con una discapacidad, con la vejez a cuestas, con falta de servicios y de atención médica.
Estaba cansada de que le cobraran $250 por revisar su medidor y de que la trataran como a una “anciana loca” que no valía la pena escuchar. Al ver que de nada servía manifestarse frente a las oficinas de la calle 60, se plantó frente al Palacio de Gobierno. No era la primera vez que ella se manifestaba.
Cayó una tormenta fuerte y ella se quedó. Contó después que, para aguantar el aguacero, se imaginó cantando bajo la lluvia, como Frank Sinatra. Salieron autoridades, entre ellas el director de la JAPAY, pero Josefina ya no quería hablar con él, sino con el gobernador. Le prometieron atenderla el viernes a las 8 de la mañana, así que se sentó en una silla frente al Palacio. Al principio no la dejaron entrar al baño; horas después, sí.
Esa noche llegaron vecinos, y algunos se quedaron hasta la madrugada para cuidarla. Llegó una psicóloga que hablaba con ella, aunque parecía más una valoración de su salud mental que un acompañamiento. Llegaron patrullas, ambulancias y paramédicos. Josefina rechazó la atención: se sentía bien. Quienes la vieron bajo la lluvia se acercaron a dejarle comida y agua. Detrás de ella, en la zona oscura de la plaza grande, se juntaba gente de la que apenas se distinguían las siluetas.
Hacia las 3 de la mañana la acordonaron con cinta amarilla. Pareció una intimidación, y no era la primera persona en manifestarse ante ese Palacio. ¿Por qué con ella sí?
Pero en esos días no todo fue frente contra frente. Hubo malos y hubo buenos, y a veces estaban del mismo lado del uniforme. En la entrada del Palacio, uno de los oficiales dijo que entendía a Josefina, pero que era su trabajo. Aun así, estaban pendientes de todo lo que ocurría. “Estamos cuidándolos. No parece, pero los estamos cuidando”, comentó. Quizá ahí está una de las verdades más incómodas de la plaza: a veces la necesidad pesa más que una convicción o una ideología.
Lo importante vino después. Dieron las 8 de la mañana viernes 16 de octubre y nadie la atendió. Josefina decidió quedarse, y ahora esperaría a la presidenta Claudia Sheinbaum. Las redes se dividieron entre quienes la creían fuera de sí y quienes decidieron acuerparla. Llegaron jóvenes y dos carpas, y dentro de esa carpa nació un tendedero de denuncias. De sogas y pinzas colgaban hojas blancas: falta de agua, de transporte, de luz; cobros excesivos; educación precaria; acoso laboral y sexual; violencia vicaria. Esa noche llegaron más vecinos, más hojas, y hasta un joven que fue a tocar para amenizar la plaza. Cuando ya la rodeaba mucha gente, no volvieron a ponerle cinta amarilla.
Josefina no tenía la solución a nada de eso. Lo que hizo fue abrir una puerta, y la gente entró. El sábado 17 de octubre la plaza se llenó de gente con una misma esperanza: que llegara la presidenta. Venían a pedirle lo que nadie les había resuelto. Quienes dejaron ahí su queja dejaron el miedo en casa, para por fin hablar y no callar.
Como Adolfo Pech Chable, ex ferrocarrilero con 30 años de trabajo, lleva años sin agua. Tras una pavimentación y otras obras en su calle se arruinó la toma de su casa, y ahora la JAPAY le cobra 40 mil pesos por reconectarla. Llegó con una carta para la presidenta que nunca llegó a la plaza.
Claudia May, de Kanasín, llegó con sus hijos y carteles en representación de varios padres de familia. Las cirugías de labio leporino en el Hospital O’Horán llevan tiempo en espera y ya son urgentes. Dice que la directora del hospital hizo caso omiso.
Juanita Euan, mujer mayor, fue despojada de la casa que compró con el Infonavit en Progreso. Su hija Claudia dejó la denuncia en su nombre.
Lilia Manzanero denunció la falta de pensión. Al escuchar lo que le pasó a Josefina, se acercó con documentos: hoy se encarga sola de sus hijos.
José Paredes, adulto mayor, fue despojado de su patrimonio que había comprado a una persona que, al parecer, pagó una deuda con esa propiedad. Policías llegaron y lo sacaron a la fuerza, y quedó enfermo. Vino acompañado de su familia.
Alma Flor ha sufrido violencia doméstica y vicaria, y su ex pareja, que trabaja en el gobierno, la dejó sin pensión.
Y hubo más y más, acumuladas en un solo día.
Pasó el mediodía de ese sábado y la presidenta no llegó. Alguien le mostró a Josefina en un celular una publicación: Sheinbaum se retiraba del complejo Punta Cruz Eco, en Umán, y decía que no iría porque todo estaba resuelto. “Hasta el día que sea, aquí vamos a esperar”, respondió Josefina, y los que la rodeaban. Era la una de la tarde.
Pero no estaba resuelto. Josefina nunca debió nada. Su medidor jamás fue cambiado. Esto se sabe porque confió en quienes se acercaron y mostró sus recibos, las fotos del medidor y los testimonios de sus vecinos.
El domingo 18 de octubre la mecha siguió corriendo. Otra marcha ocupó las calles, en apoyo al pueblo palestino y en defensa del agua frente a la privatización, y ahí también se vio más gente alzando la voz. “El agua no se vende, se defiende”, se escuchaba, y era la misma palabra con la que empezó todo en la calle 60.
Para algunos, lo del Palacio fue circo, maroma y teatro. Para otros fue el inicio de romper el silencio y de encarar un sistema, o como se dijo en la marcha, de incomodar a las élites.Al final, nadie le dio la razón a Josefina en la plaza. Pero cuando se levantó de la silla, con el bastón firme en la mano, ya no estaba sola. Quedaron las hojas con sus pinzas, los nombres, las historias.
La mecha sigue encendida. Las denuncias no se fueron de la plaza: están registradas, difundidas, y ahora tienen rostro y nombre. La pregunta ya no es si una mujer de bastón tiene razón o no. La pregunta es cuántas Josefinas más esperan, bajo la lluvia, a que alguien las escuche.



