Por Sofia Vital.
El 17 de mayo ocurrió un caso que no solo se volvió viral en redes sociales, sino que también abrió una conversación sobre la responsabilidad que implica convivir con mascotas en espacios públicos.
Los hechos ocurrieron durante la Biciruta de Paseo de Montejo, uno de los espacios más concurridos de Mérida los fines de semana. Entre bicicletas, familias y paseantes, es común observar personas acompañadas de sus perros; algunos bajo supervisión y con correa, otros caminando libremente entre la multitud.
Aquella tarde, dos perros se encontraron en medio del recorrido. Según versiones difundidas posteriormente, ambos animales estaban sueltos. Lo que comenzó como un cruce entre canes terminó escalando en cuestión de segundos hasta convertirse en un enfrentamiento que alarmó a quienes se encontraban alrededor. Personas intentaron intervenir para separarlos mientras otros grababan la escena con sus teléfonos. El otro perro resultó lesionado y las imágenes comenzaron a circular rápidamente en redes sociales.
Entre esos canes estaba Zeus, un perro conocido por muchos meridanos. Suele recorrer el centro histórico junto a otros compañeros caninos y su dueño. Más de una vez se le ha visto usando lentes o pequeñas gorras, mientras turistas y ciudadanos se acercan para tomarles fotografías y dejar algunas monedas para las croquetas. En ocasiones los perros portaban correa; en otras, caminaban sin ella.

Tiempo atrás llegué a encontrarme con Zeus en el centro de la ciudad. Recuerdo que su dueño me pidió mantener distancia porque el perro estaba molesto. Me hice a un lado y solamente tomé una fotografía desde lejos. Después de aquel momento pensé que, quizás, aún había cosas que el dueño desconocía sobre el cuidado adecuado de sus mascotas; una de ellas, exponerlas durante largos periodos al intenso calor de Mérida.
Y es que, probablemente, lo ocurrido aquel 17 de mayo no nació de la maldad de un animal, sino de una cadena de descuidos, desconocimiento e irresponsabilidad humana. Porque, al final, los perros reaccionan a estímulos, estrés y entornos que muchas veces nosotros mismos provocamos sin medir las consecuencias
El día de ayer, el caso dio un nuevo giro. El dueño de Zeus acudió al Ayuntamiento de Mérida con la intención de entregarlo para que fuera sacrificado. Según declaró, días antes dos personas habían intentado llevarse al perro, situación que lo llevó a temer por la seguridad del animal y a pensar que esa sería la única salida ante la presión social que comenzó a generarse después del incidente.
Sin embargo, la historia tomó otro rumbo. Zeus fue recibido por personal municipal y la propia alcaldesa de Mérida, Cecilia Patrón Laviada, informó públicamente que el perro no sería sacrificado. En imágenes difundidas posteriormente, se observó al can siendo valorado por médicos veterinarios mientras permanecía bajo resguardo.
La decisión provocó distintas reacciones entre la ciudadanía. Mientras algunos exigían medidas más estrictas para los dueños de mascotas en espacios públicos, otros insistían en que Zeus no debía ser condenado por un acto derivado de la falta de control y responsabilidad humana.
No es la primera vez que una situación así ocurre en Mérida. Meses atrás, en el Parque de La Plancha, también se registró un incidente entre mascotas en un espacio público. En ambos casos hubo un elemento en común: los perros se encontraban sin correa.
Más allá de la polémica en redes sociales, estos hechos vuelven a poner sobre la mesa la importancia de la responsabilidad de los dueños y el cumplimiento de las normas establecidas para la convivencia en espacios compartidos.
El artículo 21 del Reglamento para la Protección de la Fauna en el Municipio de Mérida establece que:
“En las vías públicas, los perros irán sujetos con cadena, correa o cordón resistente y con el correspondiente collar con la medalla o dispositivo de control que se establezca y llevarán bozal cuando la peligrosidad del animal o las circunstancias sanitarias así lo aconsejen”.
La norma existe no solo para proteger a las personas, sino también a los propios animales. Porque muchas veces, detrás de estos enfrentamientos, no hay perros “malos”, sino situaciones de estrés, miedo, calor, ruido y falta de control humano.

De igual forma se aconseja el uso universal de colores para poder identificar la personalidad de los caninos:
Rojo: ¡Precaución máxima! El perro no interactúa bien con personas ni otros perros. Mantén tu distancia.
Naranja: El perro no se lleva bien con otros perros. Puede ser reactivo o nervioso frente a otros canes. Amarillo: Perro nervioso, inseguro o impredecible. Necesita espacio y un acercamiento muy tranquilo y cuidadoso.
Azul: Perro de asistencia, terapia o en entrenamiento. Es mejor no distraerlo mientras trabaja.
Verde: Es amigable. Disfruta de la compañía y puedes acercarte a saludarlo con confianza.
Blanco: El perro tiene alguna discapacidad (es ciego o sordo). Acércate con cuidado para no asustarlo. Morado: Indica que no se debe alimentar al perro (puede tener alergias o estar bajo dieta estricta).
Este tipo de situaciones suelen ocurrir por una combinación de descuido, exceso de confianza y falta de cultura ciudadana sobre el manejo responsable de mascotas. Muchas veces las personas creen que “su perro nunca haría daño” o que, por ser tranquilo normalmente, no necesita correa o supervisión constante. Sin embargo, los animales reaccionan por instinto ante estímulos como el miedo, el estrés, el ruido, el calor o la presencia de otros perros.
El problema es que, después de que ocurre un incidente, la conversación suele enfocarse únicamente en buscar un culpable inmediato: el perro, el dueño contrario o incluso las personas que grabaron. Pero pocas veces existe una autocrítica real sobre la responsabilidad compartida.
En casos como el de Zeus, gran parte del debate gira en torno a quién tuvo la culpa primero, cuando en realidad había una norma que desde el inicio no se estaba cumpliendo: los perros debían portar correa. Ahí es donde entra la responsabilidad ciudadana. Porque cuando una persona decide ignorar medidas básicas de seguridad, también asume el riesgo de que algo pueda salir mal.
Y quizá esa es la parte más difícil de aceptar socialmente: entender que no siempre existe un único responsable absoluto. A veces las tragedias o conflictos nacen de pequeñas omisiones que parecen insignificantes hasta que ocurre un accidente.
Muchas personas aman a sus animales, pero eso no siempre significa que sepan protegerlos correctamente. A veces el maltrato no se presenta únicamente en forma de golpes o abandono. También aparece en acciones normalizadas:
- sacar a los perros bajo temperaturas extremas,
- no proporcionarles agua o descanso,
- mantenerlos amarrados durante horas,
- exponerlos a situaciones de estrés,
- permitir que anden sin supervisión,
- o ignorar señales de ansiedad y agresividad.
En muchos casos no nace desde la crueldad directa, sino desde la ignorancia, la falta de educación y la idea equivocada de que “nunca va a pasar nada”. También influye una cultura donde constantemente buscamos responsables después de que ocurre un problema, pero pocas veces asumimos nuestra parte antes de que suceda. Se exige justicia cuando hay un ataque, una lesión o una muerte, pero rara vez existe la misma preocupación por prevenir.
Y ahí es donde el caso de Zeus termina siendo más grande que un simple incidente entre perros. Porque refleja algo que ocurre todos los días: animales dependiendo completamente de decisiones humanas que muchas veces se toman desde el descuido, el cansancio, la costumbre o la falta de información. Al final, los animales reaccionan como animales. Quienes tienen la obligación de anticiparse, proteger y prevenir somos nosotros.



