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La crueldad que se aprende, la empatía que se contagia

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Por Sofía Vital

Ixil, Yucatán 27 de Febrero de 2026.-Cuando era joven, visité una comisaría en el sur de Yucatán. A pesar de no recordar su nombre, las imágenes de lo que viví allí siguen grabadas en mi memoria. Durante las festividades locales presencié cómo dos cerdos eran sacrificados de una manera brutal: a pedradas. Los hombres lanzaban grandes piedras, algunas con vidrios incrustados, justificando su método con frases como que no querían ensuciar los zapatos nuevos que usarían para bailar más tarde.

Lo que parecía ser una tradición para los adultos se convirtió en un espectáculo perturbador para los niños presentes. Uno de ellos, al ver a los cerdos sangrando, rompió en llanto al reconocer al animal como Mateo, su cerdo. Su llanto, sin embargo, fue silenciado por la presión de los adultos, quienes les alentaban a participar. Ese día entendí cómo una práctica cultural puede normalizar la crueldad.

Este episodio no fue un caso aislado. Durante mi estancia observé animales domésticos en condiciones deplorables: perros flacos, plagados de garrapatas y con tumores visibles, reflejo de la falta de recursos y, en ocasiones, de empatía. Mi profesor de fotografía, al escuchar mi relato, me dijo que esperaba que lo hubiera documentado, que eso podía ser un grano de arena para cambiar el mundo.

Las cifras confirman que lo vivido no es una excepción. En México el país ocupa el tercer lugar en maltrato animal en Latinoamérica. Aproximadamente 500 mil perros y gatos son abandonados cada año. En Yucatán, el estado ocupa el tercer lugar a nivel nacional. Tan solo en noviembre de 2024 se documentaron 628 casos de maltrato y crueldad animal, donde solo uno fue sentenciado.

La cantidad debe ser mayor, porque hay denuncias que no se hacen en la fiscalía. Kanasín, Tekax, Tizimín, Tahmek, Halachó, Chicxulub, Progreso y Motul han sido los municipios con más reportes. Activistas marcan 80 municipios como territorios de riesgo y reprochan la falta de consecuencias reales para los agresores.

Es crucial entender que maltrato y crueldad animal no son lo mismo. El maltrato involucra negligencia o condiciones inadecuadas que causan sufrimiento, mientras que la crueldad se refiere a actos premeditados que provocan dolor extremo o muerte. Yucatán enfrenta altos índices de crueldad animal, una problemática grave vinculada a la falta de sensibilización, la normalización de prácticas violentas y la debilidad en la aplicación de las leyes. A esto se suman las desigualdades económicas y la falta de recursos para el cuidado de los animales, donde muchas veces las necesidades humanas se priorizan, afectando también la salud emocional de la comunidad y perpetuando un ciclo de violencia.

TODO CAMBIA CON EL EJEMPLO

Pero a pesar de los números rojos, hay esperanza. Una luz que emociona y que invita a seguir el ejemplo. Basta con que una sola persona rompa el patrón que nos inculcaron sobre la falta de respeto por lo que nos rodea. Que alguien muestre un cambio cuidando el medio ambiente, su flora y su fauna.

A pesar de los disgustos que suelo tener con algunos amigos biólogos, algunos admiten que los perros y gatos callejeros no llegaron de la nada. Así como llegan venados a zonas urbanas, boas, zarigüeyas y hasta jaguarines, lo mismo pasa con los animales que fueron domesticados hace algunas décadas.

¿Por qué menciono esto? Porque solemos pelearnos entre todos por quién merece más atención para ser protegido. Y la respuesta es todos.

La solución es la responsabilidad y la conciencia, porque al final llegamos juntos y nos iremos juntos. Al final seremos polvo en este mundo.

El cambio se ve en el ejemplo que muchas personas crean sin reflectores. Cuando una colega y yo visitamos Ixil y pasamos a la comisaría, en la zona del DIF (que por cierto dan talleres muy interesantes para la comunidad), nos permitieron usar los sanitarios. Pero algo llamó nuestra atención: empleados del lugar estaban construyendo una pequeña guarida segura para una perrita que pronto daría a luz.

Una joven acomodaba colchonetas mientras un chico organizaba con cuidado su espacio. Estaban preocupados por su seguridad y por los cachorros que pronto nacerían.

“Me invitan al bautizo”, dije antes de irnos, pero me retiré con algo más que una frase ligera. Me fui con una emoción difícil de explicar, una energía que me empujaba a hacer lo mismo con lo que me rodea. Esas personas habían contagiado esperanza, conciencia y resiliencia: esa capacidad de volver a creer en la humanidad.

Porque a veces el cambio no llega con discursos, sino con gestos pequeños que deciden cuidar lo que otros aprendieron a ignorar.

Me fui de ese lugar con una certeza incómoda pero necesaria: la violencia se normaliza cuando nadie la cuestiona, pero también se debilita cuando alguien actúa distinto. No se trata de salvar al mundo de una vez, sino de negarse a repetir lo que sabemos que duele. Porque al final compartimos el mismo espacio, el mismo tiempo y el mismo destino. Y lo único que realmente nos define es cómo elegimos habitarlo.