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De un libro a la calle: El rastro de Mi Valedor en la CDMX

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Por Sofia Vital.

Todo empezó con un libro: “Aunque la casa se derrumbe” de Ana Emilia Felker. En sus páginas, Ana narra las historias de las personas sin hogar en la Ciudad de México. Allí apareció por primera vez un nombre que se quedó vibrando en mi cabeza: Mi Valedor. Me nació una urgencia por entender qué era esa revista y quién estaba detrás de ella. Así contacté a María Portilla, una artista plástica que la vida convirtió en la capitana de un barco que navega las aguas más complejas de la capital.

Hace diez años, inspirada por la revista británica The Big Issue, María fundó este proyecto que usa las palabras y las imágenes como un salvavidas. Tras una reunión en Escocia con la Red Internacional de Periódicos Callejeros, regresó a México con un paquete de conocimientos y una misión clara. «Se lo propuse a gente del ámbito editorial, pero a nadie le interesó», recuerda María con la calma de quien sabe que los inicios nunca son fáciles. 

Lejos de rendirse, lanzó el proyecto en La Merced junto a la organización La Carpa, donde aprendió de la mano de la trabajadora social Elena García que trabajar con la vulnerabilidad requiere, antes que nada, saber escuchar.

Al principio, el modelo era sencillo y transaccional: los «valedores» (vendedores) compraban la revista por 5 pesos y la vendían en la calle por 20 pesos. Recibían sus primeros cinco ejemplares gratis y un permiso de venta. Sin embargo, María y su equipo descubrieron que lo que realmente mantenía unidos a los valedores al proyecto no era solo el margen de ganancia, sino la atención y el sentido de comunidad.

Así nació la Casa Valedora. Hoy, el modelo ha madurado: los integrantes ya no tienen que vender de inmediato; primero llegan a un hogar colectivo. Se integran a talleres de yoga, cocina, administración o pintura expresionista dos veces por semana. Una vez que recuperan la confianza personal, deciden si quieren vender la revista, cuya venta ha migrado de las esquinas peligrosas a espacios más seguros como museos, ferias de arte y centros culturales.

La revista misma es una joya visual con 36 números temáticos que exploran desde el «turno de noche» hasta el «maíz». Lo más hermoso es que los valedores son los protagonistas; ellos toman fotos y escriben columnas, recuperando una identidad que la sociedad suele borrar. Leyendo a Felker, pensaba en cómo un documento oficial hace que alguien se sienta «alguien». María me confesó que la revista les devuelve esa identidad, pero ella cuida que no sea la única: le preocupa que se identifiquen solo como «valedores» y no como personas con otras aspiraciones.

Este refugio es vital en un mundo que los estigmatiza. María me explicó que la sociedad suele ver a la persona de la calle como el agresor, cuando la realidad es que ellos son los más violentados por la «gente de a pie». A esto se suman las barreras invisibles de la burocracia: sin un comprobante de domicilio o un aval, es casi imposible rentar un cuarto o conseguir empleo formal, atrapándolos en un ciclo de exclusión.

Para María, esto ha sido una maestría de vida que la llevó de los pinceles al trabajo social y la política pública. Aprendió que la empatía es una calle de dos sentidos: «Nosotros, gracias a ellos, estamos haciendo lo que hacemos». Mi Valedor es hoy un ecosistema resiliente sostenido por una gran comunidad: desde fundadores y talleristas hasta quienes limpian el espacio con respeto. Es un trabajo arduo donde cada imagen capturada y cada hoja escrita es un acto de resistencia.

Como yo no me encontraba en la Ciudad de México, María aceptó recibir a Nadia Tecuapetla, colaboradora de Proyecto Libres. Los siguientes párrafos pertenecen a la experiencia de Nadia, quien tuvo el honor de cruzar el umbral de la Casa Valedora y mirar a los ojos a quienes, día con día, transforman el papel en dignidad.

TESTIMONIOS VALEDORES.

Por Nadia Tecuapetla.

Emigdia Hernández Rodríguez, es originaria de la colonia Maravillas, Pantitlán, en el Estado de México, a cuarenta minutos de la Ciudad de México en transporte público, tiene 55 años de edad y desde niña desarrolló gusto por la cocina, aprendió a usar el molino y metate desde su corta edad, y desde entonces deseaba que mucha gente probara su comida.

Gracias a “Mi Valedor”, proyecto social que trabaja desde hace diez años a favor de grupos y poblaciones vulnerables en la Ciudad de México, como personas en situación de calle. Doña “Emy, como la llaman los demás valedores pudo llevar a cabo su sueño y crear su propio recetario de cocina. Luego de que algunos amigos que vivían en las calles, a los que encontraba de vez en cuando en comedores sociales, pero que no abren sus puertas a diario, la invitaran.

Ella menciona que, hasta entonces, no había conocido un lugar en el que realmente se sintiera respaldada y dónde hubiera podido salir adelante. Comenta estar sumamente agradecida con quiénes han hecho posible: “Mi Valedor”, pues fueron ellos y sus compañeros quiénes impulsaron su recetario: Pedacitos de Sabor, pedacitos de rancho, que además pudo ilustrarse gracias al taller de collage, impartido por dicho programa, que buscan impulsar la reinserción social y laboral de los “valedores”.

Historias como la de doña Emigdia, se volvieron una realidad con el paso de los años y de la transformación de la idea de María Portilla, fundadora. Quién, junto con otras amigas, decidieron imitar en México, hace aproximadamente diez años, el modelo londinense de Street papers, que permitía a personas sin hogar, desempleadas o marginadas, la obtención de recursos económicos a partir de la venta de revistas, escritas acerca de historias cercanas a sus comunidades.

Con la llegada de la pandemia, la dificultad para que la revista se pudiera vender y distribuir en las calles de la Ciudad de México, creció. Entonces fue necesario idear otras formas de que el programa saliera adelante, con la ayuda de sus colaboradores. 

Arturo Soto, encargado del área editorial, decidió ampliar sus actividades hacia el área social, buscar donativos, asistencia médica, pero además crear un espacio físico que permitiera a las personas sin hogar, tener un espacio seguro en el cuál estar durante el día, cuando no se tienen más opciones, e implementar un sitio que promoviera redes de apoyo sanas, que fortalecieran las habilidades sociales, emocionales y laborales de sus miembros, mediante la búsqueda de talleres donados de manera voluntaria, que les permitan despertar alguna habilidad artística o manual.

Yonebay, quién actualmente es coordinadora del proyecto, nos abrió las puertas del espacio que actualmente funge como sitio para “estar”, a cualquier persona que experimente situación de calle y guste acercarse, cerca del metro Doctores, ya sea para acceder a un plato caliente de comida, pedir apoyo con algún trámite, como documentación personal, o a alguno de los talleres brindados ahí, como son: el taller de escritura, dibujo, fotografía, encuadernación, collage, o bien, a las sesiones del cine club. Todos ellos, buscando propiciar no sólo algún aprendizaje, que sea de utilidad para la obtención de alguna remuneración económica, a partir de la venta de revistas a cargo de “los valedores”, sino también gracias a la obtención de regalías que ellos reciben mes a mes, como creativos. Cabe señalar que, con el paso del tiempo, se ha logrado acceder a establecimientos y eventos que faciliten su venta y distribución.

Dicho espacio, cuenta con un horario de apertura de lunes a viernes, de 9 de la mañana a las 4 de la tarde, pero que regularmente extiende sus horarios, señala Yonebay, debido a que el espacio se ha vuelto “la casa de todos”, un sitio seguro para estar para los “valedores”, para compartir y socializar. Que además les ha permitido a varios de ellos a tomar distancia, del consumo desmedido de sustancias a las que se ven expuestos estando en las calles. La casa la cuidan entre todos, y la distribución de tareas, les permite conservarla, además de permitirles un ingreso extra por llevar a cabo algunas tareas, como la limpieza. Además, cada quince días se brinda en ella, una escucha grupal, dirigida por psicólogos, que les permite un soporte emocional a quienes asisten.

Por último, Yonebay, responde a la duda de ¿cómo sería posible replicar un modelo como el de “Mi Valedor”, en algunos otros lugares del país?, ¿incluso de la Ciudad de México?, ella considera que, lo que hace difícil de reproducirlo, es entender en primer lugar que se trata de un proyecto alejado del asistencialismo, que sí bien, es capaz de dotar de derechos básicos a las personas que a acuden a éste, se trata de un lugar que no fue creado con la finalidad de ir a solo recibir en una lógica materialista, sino de crear comunidad, que luego se vuelven amistades, a quienes se les acompaña y escucha con apertura tiempo y con un verdadero involucramiento. En lugar de solo mirar y quejarse, ella decidió hacer cosas y “Mi Valedor”, fue la oportunidad de involucrarse en la realidad de otros quienes, a diferencia de ella, solo no tuvieron cierta igualdad de circunstancias, pero que las merecen. 

¿Quieres sumarte o saber más? Si esta historia te ha movido tanto como a mí y quieres conocer más sobre Mi Valedor, colaborar con ellos o replicar su modelo, puedes contactarlos directamente. Son una comunidad abierta y siempre dispuesta al diálogo:

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  • Correo electrónico: contacto@mivaledor.com
  • Web: En su página oficial encontrarás su número de teléfono y más detalles sobre sus 36 ediciones.