Por Cesar Benitez
¿cómo podemos entender que en Yucatán existan rituales de clase como la elección de la reina del club Campestre o el baile de debutantes del club Libanes?
Básicamente nos encontramos frente a dinámicas sociales de grupos sociales que buscan reafirmar dos cosas importantes: primeramente, su identidad como grupo y, segundo, reafirmar su estatus social y de clase, posicionando su reconocimiento como colectivo y su pertenencia como clase, la cual procura conservar su estructura “íntegra” a lo largo de los años, desde sus orígenes en el s. XIX, cuando sus familias comenzaron a amasar las actuales fortunas a través del comercio, la industria y otras actividades.
Existe toda una serie de prácticas propias dentro de estos grupos que siempre funcionan para mantener cohesionado al colectivo, como lo son: la formación educativa (tradición escolar), el sentido del “buen gusto”, las tradiciones dentro de la cotidianidad —como pasar el verano en sus casas de la playa—, los códigos de comportamiento entre ellos e incluso los principios para las relaciones sentimentales y futuros matrimonios.
Dentro de todo lo anterior, la selección de una reina o el baile de debutantes cumplen con la función de ser espacios de sociabilidad a través de los cuales se trazan vínculos afectivos (noviazgos), económicos (convenios comerciales) y de poder (política). En estos rituales convergen los distintos tipos de capital: el económico, principalmente; el cultural —que se ve reflejado en los bailes, los protocolos y la etiqueta—; y el simbólico, del cual sobresalen el impacto de los apellidos,los nombres y el abolengo.
La persistencia de estas prácticas aun en pleno siglo XXI demuestra que, por mucho que la ciudad y la sociedad hayan crecido, Mérida, en el fondo, no deja de ser una ciudad profundamente conservadora y tradicionalista, que se sostiene a través de procesos que, si bien pudieran parecer fuera de lugar, sirven precisamente para mantener el status quo de los grupos que por décadas han dirigido, tácitamente, la ciudad y el estado a la usanza de las familias monárquicas europeas.No se necesita portar una corona para ejercer el poder, a veces basta con un simple baile para demostrarlo.
