Texto y fotografias Por Sofía Vital
“Realmente la contaminación del agua ya llegó a un punto muy grave y hay que cuidar que no siga pasando, porque si sigue a este ritmo, llegará el punto de no poder usarla”, cuenta Rosario May, del Consejo Ciudadano por el Agua de Yucatán, que llegó puntual al parque de Santiago, en la ciudad de Mérida. Era una marcha no solo por el agua, sino también contra el genocidio, organizada por el Comité de Solidaridad con Palestina en Yucatán y el colectivo Barrio Unido, aunque al final había todo tipo de colectivas y comunidades apoyando.
Como Rosario, estábamos sorprendidas por la cantidad de personas. De tantas marchas a las que he ido, nunca había visto a tantas comunidades de Yucatán reunidas en un punto, desde muy temprano, para exigir que el agua no llegue a privatizarse y que se retiren las empresas que solo contaminan y que, en algún momento, podrían quitarnos lo más valioso aparte del aire: el agua.
“Ya solo nos falta que nos quiten la luz del sol”, se escuchó decir a un joven, entre risas pero nervioso, mientras iba con sus amigos verificando que sus carteles estuvieran bien y no les faltara nada. Por la fuente del parque se veía llegar a las familias, a los pequeños con sus padres, y uno piensa que tal vez esas infancias ni saben por qué están ahí desde temprano en vez de estar jugando en el parque. Pero no, sí saben por qué fueron. Como me dijo el papá de una pequeñita, mientras le tapaba la carita para resguardar su identidad: «Ella me dijo que quería venir con su cartel».

La fila de contingentes era larga: carteles, mantas, gritos, de todo. Salieron hacia el Palacio de Gobierno, en el centro de la ciudad, y reitero que en el centro de la ciudad de Mérida, porque aquí también la gente ya está molesta.
«Vengo por mi derecho a un ambiente sano. En mi caso sí tengo problemas con el agua en mi domicilio; el sistema es muy ineficiente y no es asequible para la comunidad. Me da mucha esperanza ver a toda la comunidad en una causa que vale la pena», me decía una joven estudiante mientras mostraba con orgullo su cartel: “No queremos soluciones de sionistas”.
La marcha duró aproximadamente una hora, entre el sol y esa sensación de energía intensa, de un gran “aura”, como dice la juventud. Una batalla de auras contra un sistema que aún no entiende que primero es el pueblo. Aunque suene ridículo, es necesario subrayar a las juventudes y respaldar a nuestros abuelos, que parece que se cansaron de no ver resultados y empezaron a salir de sus casas para gritarnos, para regañarnos.
Llegaron al palacio. Sonó un caracol, sonó un tambor, y las palabras “agua, paz y libertad” iban entonadas en los pasos. Ahí esperaba doña Josefina Ramos González (no Josefina N), que ya llevaba tres días en manifestación por el cobro excesivo del agua. Josefina arropó a los jóvenes y a las familias que iban llegando, y se unió a la marcha.

Ese día no vi psicólogos alrededor de quienes llegaron, para preguntarles por su estado de salud, aunque por todo lo que ha estado pasando parece que quien se manifiesta probablemente tiene un problema de salud mental. Pero eso es punto y aparte, y no quería dejarlo pasar. Lo que sí vi fue una mesa y una larga fila para firmar una petición: la salida de las empresas israelíes en Yucatán.
Desde el Comité de Solidaridad con Palestina en Yucatán, Wilberth Nahuat, comisario de Santa María Chi; Ángelica Tec, de la comunidad maya de Ixil, y Abner Torres, de la colectiva Salvemos las Dunas, hablaron desde luchas distintas que al final se unieron en una sola voz:
“Tenemos que incomodar a las élites. Qué pena ver que un pueblo con tanta tecnología esté acabando con gente inocente. Palestina sufre lo que sufre el pueblo maya, y nos duele en el alma la destrucción de su cultura milenaria. Como pueblo maya conocemos el despojo, la violencia y el desprecio que atraviesan nuestra historia y que siguen siendo parte de nuestra realidad”.
La pasión, esa que a veces termina en disturbios, este domingo 18 de octubre de 2026 no llegó a más, pero sí había furia, había fuego interno. Hubo uno que otro incidente entre quienes querían tomar los mejores registros, pero no importó; se olvida. Quedaron las pintas en las paredes adornando el Palacio de Gobierno y los rostros policiales, y al final hubo tolerancia de ambos lados. “Es su trabajo, qué más”, expresó un joven detrás de mí, mientras gritaba: “Huacho, deja la guitarra y sal a darnos la cara”.
Casi más de tres mil pasos, tres mil voces, consignas repetidas para no olvidar lo que está pasando. Dicen que en estas marchas no hay malos ni buenos, solo gente que pasa por la calle. Pero este domingo la calle tuvo dueño.

Seguimos siendo conquistados. Nuestros patrimonios ya no son nuestros: las playas de Sisal, Celestún y Progreso; las ruinas de Dzoyilá; las tierras de las familias despojadas de la comisaría de Chichí Suárez; el agua de doña Josefina Ramos y de don Adolfo Pech, y la de todas las comunidades que han exigido acceso al agua potable. Es toda una sociedad que exige una vida digna, y eso incluye hasta un transporte digno.
Al terminar, el sol pegaba fuerte sobre la plaza. Entre las mantas que se enrollaban y los pasos que se dispersaban, vi a la pequeña del cartel, sentada en los hombros de su papá. Todavía lo sostenía en alto. Ella sí sabía a qué había ido.



