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CUXTAL: CUIDAR LA TIERRA MÁS ALLÁ DEL DISCURSO

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Por Sofía Vital

«Este espacio es de todos, de las comunidades”, expresó Sagrario Gordillo, bióloga, mientras se hacia un recorrido en el espacio cultural de Cuxtal. No hablaba solo de oficinas ni de trámites: hablaba de un territorio que también resguarda memoria, prácticas y una forma de entender la vida que no cabe en un escritorio.

El Centro de Capacitación y Educación Ambiental, en la comisaría de Molas, no se presenta como un sitio que uno visita por casualidad. Se siente más bien como un lugar al que uno regresa, aunque sea la primera vez. Abre de lunes a viernes, de 8 de la mañana a 3 de la tarde, pero el tiempo ahí parece ir a otro ritmo.

Aquí no hay edades que limiten. Hay talleres de plantas medicinales donde el conocimiento pasa de mano en mano, ejercicios de reciclaje que obligan a repensar lo cotidiano, y espacios donde la ciencia deja de ser lejana para volverse algo que se toca, se prueba, se discute. Entre aulas y claros abiertos, el aprendizaje no se encierra: se expande.

Fue la bióloga Valeria Ostos quien me llevó a una de las salas más reveladoras: el área de videomapping. En la oscuridad, las imágenes comienzan a hablar. La reserva se despliega como si reclamara atención: especies, territorio, vida. Hay algo incómodo en mirar. No por lo que muestran, sino por lo que uno no sabía. O no quiso saber.

México es uno de los países más biodiversos del mundo, con más de 200 mil especies registradas, pero más de 2,600 están en alguna categoría de riesgo. Tal vez por eso sorprende tanto verlas ahí, proyectadas: porque fuera de esa sala, muchas se están perdiendo sin que nos demos cuenta.

Animales que habitan a unos kilómetros de la ciudad, pero que parecen invisibles para quienes viven de espaldas a ese entorno. Valeria, parte de la educación ambiental en Casa Cuxtal, no solo explica: también te enfrenta con esa idea que solemos olvidar, que no somos los únicos plantados en esta tierra.

Esa memoria también se sostiene desde lo cultural. Ángel Be, capitán del equipo del jeugo de pelota, mantiene viva la práctica ancestral del Pok Ta Pok. No lo presenta como espectáculo, sino como herencia. Como un ritual que sigue latiendo. Ángel vive dentro de la reserva. Y desde ahí también observa lo otro: cómo el mismo espacio que intenta preservarse, a veces es tratado como basurero.

 

Pero hay aprendizajes que se quedan más cerca de la piel. Sagrario vuelve con las manos llenas de vida. Me muestra el solar, ese pequeño espacio donde las plantas medicinales siguen resistiendo. No habla de ellas como objetos, sino como parte de algo más grande. La veo, y no pienso solo en una bióloga: pienso en una mujer que sabe. Que cuida. Que sostiene. Me regala unos tallos de zacate limón. No sé cómo lo supo, pero me gusta. Y ahí entiendo algo simple, pero urgente: conocer las plantas de nuestro entorno no es opcional.

Porque cuando llega el concreto, lo primero que desaparece es esto. En México se pierden más de 200 mil hectáreas de bosque al año. No es una cifra lejana: es la medida real de lo que dejamos de ver. Las plantas son las primeras en ser desterradas, sin que nadie las escuche.

A los más pequeños también se les enseña. Cómo cuidar la flora y fauna, qué hacer si se encuentran con una serpiente como la coralillo. Pero la pregunta inevitable aparece: ¿cómo llegaron ahí?. La respuesta incomoda: porque ahí era su hábitat.

El personal de Casa Cuxtal lo explica sin rodeos. La obligación de quienes construyen no es solo levantar estructuras, sino hacerse responsables del impacto: reubicar, proteger, evitar el exterminio. No es solo una cuestión moral. El Artículo 4° de la Constitución Mexicana reconoce el derecho a un medio ambiente sano, y la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente establece la conservación de los ecosistemas como una responsabilidad compartida.

Y sin embargo, pasa. Casi el 28% del territorio nacional ya ha sido transformado para actividades humanas, mientras solo una parte limitada permanece bajo protección ambiental. Cada vez queda menos espacio para lo que ya estaba antes.

La Reserva Cuxtal enfrenta problemáticas constantes: manejo ilegal de recursos, venta irregular de terrenos, construcciones ilegales. Heridas que avanzan al mismo ritmo que la ciudad crece. Frente a eso, los comisarios trabajan en conjunto, intentando contener, entendiendo, a veces tarde, la importancia de un territorio que no debería perderse.

Porque hablar de Cuxtal también es hablar del agua. El agua también pasa por aquí, aunque no siempre se vea. Bajo esta tierra se filtra y se guarda una de las reservas que abastecen a Mérida. Cuando el monte se conserva, el agua encuentra camino; cuando se desmonta, se pierde. No es un tema lejano: lo que aquí se cuida, allá se abre en una llave. Y aun así, pocas veces pensamos que cada árbol, cada raíz, también está sosteniendo algo que bebemos todos los días.

No es solo el pulmón verde de Mérida; es también una de sus principales fuentes hídricas. Los ecosistemas forestales en México capturan millones de toneladas de carbono al año y permiten la recarga de acuíferos. Lo que aquí se protege, allá se bebe.

Y aun así, la ciudad parece no mirarlo. El concreto avanza, el calor cambia, el entorno responde. Tener un árbol afuera de casa ya no es suficiente.

Por eso, el cuidado no puede recaer solo en quienes están dentro. El apoyo ciudadano ha sido constante: desde aportaciones a través del predial hasta la participación en actividades. Pero la dimensión de la reserva exige más. Descuidarla no sería un error menor. Sería un error grave.

El 22 de abril, Día Mundial de la Madre Tierra, suele llenarse de palabras grandes. Discursos, publicaciones, promesas. Pero aquí, en Cuxtal, la tierra se cuida en lo cotidiano. En quienes están todos los días, muchas veces sin ser vistos, sin ser nombrados lo suficiente.

Porque también hay que agradecer a quienes la sostienen. La Casa Cuxtal, que inició funciones en agosto de 2022, no es solo un espacio físico. Es un punto de resistencia. Un lugar donde la educación ambiental se vuelve acción, donde cursos y talleres responden tanto a una estructura como a lo que la gente necesita.

Y ahí está el equipo. Bajo un calor que no da tregua, monitoreando fauna silvestre, buscando soluciones, enseñando, resistiendo. No es fácil. Tampoco es ligero. Hay cansancio, hay vida personal, hay desgaste. Pero siguen. Siempre al cien. Porque preservar no siempre es un acto heroico.A veces es insistir.

Y hacerlo mientras especies como el oso hormiguero, el yaguarundi o el tigrillo dependen de que ese esfuerzo no se detenga. Porque al final, no se trata solo de salvar un espacio. Se trata de no olvidar todo lo que ya estaba aquí antes de nosotros.