Por Sofía Vital
Ya son las diez de la noche y el centro de la ciudad de Mérida poco a poco se va callando. Algunos turistas caminan por la Plaza Grande, otros aún siguen admirando la Catedral y otros… siguen en la búsqueda de justicia.
Ahí está Conchi Figueroa, de Chicxulub Puerto, tomando un vaso de café, tapada con una pequeña manta porque el fresco ya se siente. Ella ya sabía que esto iba a ser difícil. Piensa, medita: “¿valdrá la pena?”. Lleva ya casi cuatro días en huelga de hambre, por inconformidades con asuntos ejidales, además de exigir que se hagan valer los derechos de las personas con discapacidad.
De los asuntos ejidales, básicamente Conchi va por todos sus compañeros ejidatarios que se encuentran en la misma situación, pero ella decidió actuar ya, antes de que les sean robadas sus tierras, que llevan ya 74 años en pleitos ejidales. Se trata de casi 20 hectáreas de tierras de uso común en Chicxulub Puerto, pertenecientes a alrededor de 103 ejidatarios que aseguran contar con documentos desde principios del siglo pasado que avalan la propiedad.
“Son dos luchas, uno de ellos es por los ejidatarios despojados. Llegó un comprador diciendo que él compraría el problema, pagando, pero con la condición de una firma de avecindamiento”.
En ese “vecindamiento”, como ella lo menciona, aparecen nombres de otras personas, en su mayoría políticos que no son de la comunidad. No acusa directamente a quienes figuran ahí, incluso reconoce que quizá ni conocen el trasfondo, pero la duda pesa: ¿Por qué quienes tienen dinero encuentran soluciones donde los dueños originales solo han encontrado puertas cerradas?

Durante años, los ejidatarios han intentado recuperar esas tierras a través de juicios agrarios, pero la historia se repite: abogados que abandonan los casos o cambian de lado, jueces que renuncian o son removidos, expedientes que no avanzan. Incluso relata que uno de los últimos abogados aseguró no saber que se trataba de tierras de uso común, algo que para ellos resulta difícil de creer. Y así, entre irregularidades, el conflicto se ha ido alargando generación tras generación.
Dos noches completamente sola. La iban a ver sus amigos, incluyendo su hermano Rafael, pero hoy, esta noche, la acompañará. Rafael decidió quedarse por seguridad; él también es ejidatario y la decisión y el valor que tuvo su hermana de quedarse frente al Palacio de Gobierno de la ciudad de Mérida hizo que también él fuera parte de la lucha. Además, no quiere dejarla sola.
“No ha sido fácil, ayer un coche se acercó, se detuvo de una manera sospechosa y tomó fotos, luego se fue. Me sentí un poco incómoda y con un poco de miedo”. Aunque ha tenido seguridad, Conchi ha sido cuidada por los elementos del Palacio de Gobierno; cuenta que la monitorean constantemente, pendientes de que se encuentre bien, de que no haya un desmayo.
Es el tercer día y se nota animada, aunque de repente da un respiro profundo, probablemente por el cansancio, pero no por la desesperación. Tiene el rostro de quien no va a desistir. Tachó en su manta la palabra “escuchada” y la cambió por “ya fui escuchada”. Esto, porque el miércoles 25 de marzo, durante las Audiencias del Pueblo, el gobernador Joaquín Díaz Mena atendió a Concepción y accedió a ayudarlos.
Aunque el gobernador mostró disposición, para Conchi eso no significa solución, por lo que decidió continuar con la huelga, aunque cree —o quiere creer— que habrá respuestas positivas. A partir de ese encuentro, se abrió una investigación sobre el caso y, aunque no hay resultados aún, ella insiste en quedarse como una forma de presión para que no vuelva a quedar en el olvido.

“Me siento bien, hasta el momento. Mi esposo está al tanto, tengo amigos que me monitorean, mi hermano está aquí acompañándome. Lo más difícil no fue tomar la decisión, sino los desánimos ajenos, pero créeme, hay necesidades en nuestro núcleo ejidal. La mayoría ya son mayores de edad y están enfermos, por lo que se pide lo justo”.
Conchi tiene una discapacidad motriz a causa de una caída muy fuerte en 2020. A partir de ahí también se ha convertido, poco a poco, en una activista para defender los derechos de las personas con discapacidad. Su plan era hacer movimientos o mítines sobre ese tema, pero el problema ejidal se atravesó y, antes de que pasara a mayores, decidió llegar, plantarse frente al palacio y comenzar su huelga.
Entre el frío, Rafael llega y le da una pequeña cobija a Conchi. Mientras se acomoda el cobertor, llega una joven a pedir unas monedas y Conchi solo le dice: “no traigo ni para comer, estoy en huelga de hambre”. Muestra unas botellas de agua que los policías le llevaron y cuenta que la gente ha sido muy amable, que la está apoyando; tanto así que le fue donada, de manera anónima, una silla de ruedas para que estuviera más cómoda, ya que la que había llevado es chica y un poco incómoda. Durante estas madrugadas y las que siguen, usa las rampas de la Plaza Grande para llegar a las bancas y recostarse un rato, porque al final de cuentas necesita descansar: su cuerpo está sin alimentos.
Mientras platicamos, me cuenta historias que ha visto conviviendo con personas con discapacidad: la falta de cultura, la falta de empatía. Anécdotas que ella misma ha vivido y que, a veces, la hacen pensar en desistir, porque siente que no logrará nada… pero ahí sigue, ahí está.
También habla de lo cotidiano: espacios de estacionamiento ocupados, conos, cubetas, excusas; autoridades que no siempre entienden o aplican la ley; miradas que pesan. Dice que el problema no es solo legal, es cultural. Que las leyes existen, pero no se cumplen. Que nadie está exento de vivir una discapacidad.
Porque escuchar ya pasó. Porque promesas ya hubo. Porque el tiempo ya se cobró a los abuelos, a los padres y va alcanzando a los que siguen. Y ahí, frente al Palacio de Gobierno, mientras la ciudad duerme y todo parece en calma, Conchi no está descansando: está apostando el cuerpo. Y entre todo eso, entre el cansancio, el café, las madrugadas largas y la incertidumbre, su lucha se sostiene en algo más simple y más profundo: que después de 74 años, alguien, por fin, no solo escuche… sino resuelva.



