Por Sofía Vital
Yucatán a 7 de marzo de 2026.- Trabajo es igual a ingresos, e ingresos son iguales a calidad de vida. Esa es la fórmula que nos enseñaron. Pero, en la práctica, para muchas mujeres la ecuación nunca cierra. La brecha salarial, las dobles jornadas y el peso de los cuidados hacen que esa “vida de calidad” sea un lujo al alcance de pocas.
Hace unos días, caminando por el mercado, escuché una plática que me dejó pensando varios días. Una mujer de 47 años le decía a su amiga que se habla mucho de la inteligencia artificial; de cómo transformará el mundo laboral, de los empleos que desaparecerán y de los que se crearán. Pero remató con crudeza: el trabajo de una mujer como cuidadora, como pareja, como terapeuta familiar, nadie se lo quitará.
“Dios mío —decía—, díganme qué IA me puede ayudar a lavar los calzones de mi esposo mientras el señorito descansa después del trabajo, porque me urge facilitar esas labores domésticas para darme tiempo de ir a trabajar, regresar y darme un respiro. Hace meses que no me pongo una mascarilla en la cara”.
Su frase me atravesó porque es verdad. Yo misma lo viví. Hace apenas un mes renuncié a un empleo que me gustaba, pero que era celoso y absorbente. Al salir de la oficina me esperaba otra jornada: atender la casa, las mascotas, al “niño” (mi esposo) y, si quedaba energía, a mí misma. El resultado fue un burnout que me obligó a buscar algo con menos horas. Pero la libertad laboral es un espejismo: incluso como freelance, el otro trabajo, el de la casa, sigue ahí, sin paga y sin descanso.
Mi mejor amiga pasa por lo mismo. Ella es el pilar de su hogar: cuida de su madre, alimenta a sus gatos, atiende los pendientes domésticos y, aun así, cumple en su empleo formal. No puede contratar ayuda, como muchos hombres hacen, ni dejar que su madre le resuelva la casa. Al final, también es cuidadora.
Lo mismo ocurre con mujeres que, además de trabajar, son activistas: cuidan albergues de animales, acompañan a padres enfermos o sostienen a hermanos con problemas de salud. La lista no termina nunca.
Lucía —nombre ficticio para proteger su identidad— tiene 35 años y trabaja de guardia nocturna en un centro comercial. De día cuida a sus dos hijos adolescentes. Su expareja, alcohólico, abandonó el hogar y ella se quedó con todo. Antes tenía un empleo en oficina, pero lo perdió porque debía faltar cuando tenía que sacar a su esposo de cantinas o separarlo de una riña. “Decidieron sacarme —cuenta—, a pesar de que siempre cumplía. No fue su política ser empáticos”.
Hoy organiza su vida con precisión militar: cocina para tres días, lava ropa los viernes, va al mercado los lunes, revisa las tareas de sus hijos antes de irse a trabajar. “Trato de ser buena mamá, que vean que si ensucian también limpian, que me ayuden con la casa porque sola no podría. No quiero que cuando se casen sean unos culeros con sus esposas”, dice con una risa amarga. Lucía sueña con un trabajo mejor pagado, pero por ahora agradece que en su área de seguridad haya más mujeres en su misma situación. “Al menos tengo con quién desahogarme”, confiesa.
Lucía me recuerda a una muy estimada amiga, Alejandra. La conozco desde la universidad; ella es una mujer muy inteligente y actualmente tiene que ser el doble de sagaz al ser emprendedora y mamá de Gio.
Gio tiene autismo, por lo que Alejandra tiene que estar al cien para poder no solo cuidarlo, sino guiarlo en un camino muy difícil para las personas neurodivergentes. Ella tiene su emprendimiento de piñatas. Cuenta que al principio estaba nerviosa y no sabía cómo comenzar; así que, cuando llevaba a su hijo a la escuela, se quedaba en la biblioteca virtual de un centro integral ubicado en el sur de la ciudad de Mérida. “Me conecto a internet, trabajo los diseños y hago publicaciones en las redes sociales para las ventas; aprovecho las mañanas para comprar material, todo esto estando al pendiente de Gio, ya que, al tener autismo, no me puedo alejar de su escuela”.

Alejandra me cuenta que a veces su hijo tiene crisis y ella tiene que estar pendiente; por las tardes y por las noches trabaja haciendo sus piñatas y de jueves a sábado hace las entregas. “Tengo que manejar una agenda, ya que es indispensable. Siento que es muy infravalorado ser ama de casa y también emprendedora; mantener una casa en orden no es cosa de magia. Tener la ropa limpia, la comida y que esté todo organizado no es trabajo fácil. Desgraciadamente se da por sentado que estas labores la mujer las tiene que hacer”.
A pesar del gran trabajo que Ale tiene que hacer y del que le falta por hacer, está muy orgullosa de ser mamá de Gio; mirar cada logro que han tenido juntos es un motivante y fuerza para seguir adelante. “Su sonrisa es lo que importa. No hay que olvidarse de sí misma para que las cosas en casa funcionen; tenemos que estar sanas y fuertes”.
Historias como la de Lucía, la de mis amigas o la mía propia se repiten en miles de hogares. Mujeres que sostienen familias, comunidades y hasta empresas enteras sin que ese esfuerzo tenga nombre ni salario. Es el llamado “trabajo invisible” que nunca entra en las estadísticas, pero que sin él, el mundo simplemente no funcionaría.
La inteligencia artificial podrá desplazar empleos, transformar oficinas y fábricas. Pero aún no hay tecnología que lave platos, que cure heridas emocionales, que acompañe a un enfermo o eduque con paciencia a un hijo. Eso sigue en manos de las mujeres.
Trabajo es igual a ingresos, e ingresos deberían ser iguales a calidad de vida. Pero mientras no se reconozca y se reparta la carga de los cuidados, la ecuación seguirá incompleta. Y no hay algoritmo que pueda resolverlo.



