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Sitilpech y la búsqueda del bienestar de sus pobladores.

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Por Sofía Vital.

Sitilpech, Yucatán a 13 de febrero de 2026.-Bajo la sombra del Campo Deportivo San Andrés en Sitilpech, Izamal; el polvo de la tarde se mezclaba con la indignación. Apenas unos metros, como una cicatriz abierta en la tierra, se extiende el terreno donde el Gobierno Federal y el Ayuntamiento de Izamal pretende levantar el Programa de Viviendas del Bienestar. Pero para los habitantes de esta comisaría, lo que el gobierno llama “progreso”, ellos lo llaman despojo.

El paisaje de ese espacio ya no es el mismo, antes de que llegaran las maquinarias para la construcción de las casas, el terreno, aunque difícil de aceptar, era un pulmón de madera dura y sombra antigua, porque también era historia. Los pobladores señalaron con amargura el espacio donde antes se erguían ejemplares de Chacté, Chulul, Bojón y Jabín; árboles nativos que tardan décadas en crecer y cuyos nombres suenan a la herencia maya de la región, fueron derribados sin piedad durante el desmonte (por eso la importancia de una consulta ciudadana, de una consulta ambiental, ante cualquier intervención).

“Tiraron lo nuestro para poner cemento que ni necesitamos, no nos consultaron”, murmuraba un ejidatario mientras observaba el avance de la obra, que por ahora es poco más que cimientos, blocks de concreto, montos de arena; un esqueleto que parece detenido por la misma resistencia del pueblo.

Ayer la reunión que llevaba generaciones viejas y nuevas; fue una reunión que no  solo dio información; fue un acto de soberanía.

¡Vine por mis cervezas!” exclamó una mujer en medio de la asamblea, provocando una mezcla de risas amargas y aplausos de complicidad. La frase, lanzada entre la broma y el coraje, era un dardo directo contra la censura: días antes, un medio local los había tachado de «borrachos» y «manipulados», intentando reducir su legítima defensa del territorio a un simple desorden etílico. 

Los habitantes denunciaron que los documentos entregados a la alcaldesa Melisa Puga parecen haberse «esfumado» en los pasillos del palacio de Izamal, y que las autoridades se valen de la falta de títulos de propiedad formales para ignorar una donación que el pueblo tiene grabada en la memoria desde hace medio siglo.

Para doña María Eleuteria , la urgencia no es de ladrillos para vivir, sino de aulas para aprender. Con la voz clara, explicó el sacrificio de las familias: «Nosotros queremos la escuela para los muchachitos. Los de bachillerato tienen que despertar a las 4 de la mañana para irse a Izamal. Si se quedan aquí en la secundaria, los regañan si rompen un papel porque no es su espacio. Las señoras quieren su escuela de bachillerato acá» 

El nombre de Don Bolio se repitió como un mantra. Él regaló esa tierra para el futuro: para escuelas, para el deporte, para el bien común. Ver que ahora se pretende lotificar para casas de 600 mil pesos (un lujo inalcanzable para la mayoría de los presentes) es sentido como una traición de quienes deberían protegerlos.

El punto más álgido de la tarde llegó al hablar de la educación. Mientras el gobierno insiste en las viviendas, los jóvenes de Sitilpech viven una realidad precaria: el Telebachillerato no tiene edificio propio. Los estudiantes deben esperar bajo el sol a que los alumnos de secundaria desocupen las aulas para poder entrar ellos.

«¿Cómo es posible que prefieran vender el terreno a que nuestros hijos tengan una escuela digna?», cuestionó una madre de familia. La comunidad fue clara: no hay falta de casas, hay falta de espacios públicos.

Acompañados por la Defensoría Pública Federal, los habitantes acordaron no dar un paso atrás. El recuerdo de su lucha victoriosa contra la granja de cerdos de Kekén flotaba en el aire como un precedente de esperanza. Saben que la ley de consulta indígena es su escudo y que, si el terreno fue despojado mediante documentos recientes y amañados, la justicia podría devolverles lo que siempre ha sido suyo.

Al caer la noche sobre el campo de San Andrés, la asamblea se disolvió, pero el compromiso quedó firme. Sitilpech no pelea por un pedazo de tierra; pelea por el respeto a su historia y por el derecho de sus nietos a estudiar en el terreno que un hombre generoso les dejó hace 50 años.