Por Sofia Vital.
En la calle 79 de la colonia Centro de la ciudad de Mérida, se aloja una casa que a simple vista parece abandonada. Sus paredes guardan ese silencio de lo que ha sido olvidado, pero al acercarte, el aire cambia. Se escuchan los ruidos rítmicos de las brochas contra el cemento, el raspar de la espátula que arranca el pasado y el vaivén de las escobas. Entre el polvo, emergen voces con acentos que vienen de lejos, de otras latitudes, de otros dolores. Es el sonido de una casa que está volviendo a nacer.
Esta construcción, cedida en comodato por un corazón anónimo, pronto albergará a una pareja que llegó desde Cuba refugiándose de las carencias y el silencio de su isla. Pero no solo será su hogar; será un puerto para otras familias migrantes, un rincón de Mérida que promete devolverles la vida y la fe.
Jesús Pérez Broche mueve las manos con la precisión de quien sabe trabajar el metal y la tierra. Sus dedos cuentan historias de hojalatería en Cuba y de días inciertos en las banquetas de Chiapas. «Llevo más de dos años en México», dice, y en su voz se siente el peso de cada kilómetro. Pero su mirada solo se ilumina cuando habla de Mayelín, su esposa, que apenas hace veinte días dejó de ser una voz en el teléfono para convertirse en su presente.

Se separaron por un año y un mes. Para ellos, que llevan 27 años compartiendo el café y los sueños, ese tiempo fue una eternidad de calles vacías. Mayelín, con la piel curtida por la espera en la Isla, lo dice todo con una frase: «Fue duro… batallando con todo yo sola». Ahora, mientras ayudan a acondicionar esta casa que les prestaron en comodato, su único anhelo es que el hijo que dejaron atrás pronto cruce ese umbral. La casa no estará completa hasta que sean tres.
Pero esta casa no se levanta sola. Enrique Puc, un yucateco de corazón abierto y encargado de la Pastoral de Migrantes, camina entre los cuartos evaluando qué falta. «Faltan manos», dice con honestidad. «Mérida es hospitalaria, pero no estamos preparados para tantos», comenta mientras invita a la gente a donar una brocha, un bote de pintura o un poco de tiempo. La casa fue cedida por un año por alguien que prefiere el anonimato, un alma que entiende que un techo es, a veces, la diferencia entre la dignidad y el abismo.
Enrique sabe que el rostro de Mérida está cambiando. Ya no somos solo el paso hacia el norte; ahora somos el destino. «Desde 2018 la migración ha subido un 80%», explica. Cubanos, venezolanos, incluso hermanos que vienen de tan lejos como Holanda o África.

Y ahí, raspando en uno de los muros, está Jean . Él es la prueba viviente de que el destino es caprichoso. Llegó hace nueve años desde África, con el corazón lleno de incertidumbre. Hoy, con la nacionalidad mexicana en la bolsa y una sonrisa que parece no caberle en el rostro, ayuda a los nuevos como si estuviera ayudando al joven que él mismo fue. «Soy mexicano al cien por ciento», afirma con un orgullo que se contagia. Para Jean, el «sueño americano» se quedó chiquito frente a la calidez de Yucatán.
La crónica de esta casa es la crónica de la supervivencia. No hay grandes lujos, solo la promesa de no dormir más a la intemperie.
«Cualquier área tendré que desarrollar», dice Jesús cuando se le pregunta por el trabajo. Su humildad es su mayor herramienta. No pide limosna, pide una oportunidad para usar su soldadura, su mecánica, su fuerza. Quiere ganarse el pan con el sudor de su frente, como ha hecho siempre, pero ahora en una tierra donde, según él, «ha encontrado buena química».

Mientras preparan la famosa chicharra, acomodan las cubetas como sillas y una caja como mesa, me cuestiono al verlos a todos trabajando en conjunto: ¿Qué hace que una casa sea un hogar? No es el cemento, ni la ubicación. Es la voluntad de gente como Enrique, la gratitud de hombres como Jean, la paciencia y empatia de las demás personas que acondicionan la casa, incluyendo la familia de Enrique y la esperanza inquebrantable de una pareja como Jesús y Mayelín, que después de cruzar mares y fronteras, hoy solo quieren dormir tranquilos, sabiendo que mañana habrá un techo sobre sus cabezas.
En esta Mérida que crece, la casa de los migrantes es un recordatorio de que, al final del día, todos somos de donde nos ayudan a levantarnos. Y para el que desee conocer y ayudar, solo basta un mensaje al teléfono de Enrique: 9994492508.



