Por Sofía Vital.
Durante las charlas del Simposio de Ecología Geográfica: Atropellamiento de Fauna Silvestre en la Península de Yucatán, organizado y encabezado por el Dr. Carlos Yañez Arenas, hubo un momento que me llevó de regreso a una infografía que había visto días atrás en redes sociales. Mostraba mapaches en ambientes urbanos, presentados casi como pequeños sobrevivientes ingeniosos de la modernidad. La imagen celebraba su “adaptación urbana”, pero lo que en realidad me transmitió fue inquietud: no fueron ellos quienes eligieron adaptarse, fuimos nosotros quienes los empujamos a mutar para sobrevivir al urbanismo que les arrebató su hábitat.
Mientras escuchaba la ponencia presentada por el equipo académico de la UNAM —integrado por la M. en C. Jimena García Burgos, el Biól. Uriel Rodríguez Palacios y la M. en C. Yazmin Adriana Carrasco Salgado— comprendí aún mejor aquello que la infografía no decía: los animales que mueren en el asfalto no lo hacen por imprudencia, sino por la expansión humana que fragmenta y desplaza. Su muerte es el síntoma de una ciudad que crece sin memoria.
Los datos presentados durante la ponencia trazan un panorama doloroso. En los monitoreos realizados, el 34.4% de los animales atropellados correspondían a aves; 29.1%, a mamíferos; 30.6 %, a reptiles, y 5.9 %, a anfibios. Pero dentro del grupo de reptiles, más del 81 % eran serpientes. Aunque las aves lideran en número, el drama recae sobre los reptiles, especialmente sobre aquellos que desde hace siglos cargan con el estigma del miedo.
Los investigadores explicaron que, aunque México posee una de las mayores diversidades de serpientes en el continente, solo alrededor del 20 % son especies venenosas de importancia médica. Sin embargo, el imaginario colectivo —marcado por generaciones de mitos y desinformación— provoca algo que la UNAM documenta con preocupación: el atropello intencional. Conductores que desvían su trayectoria para matar serpientes y hasta otras especies por miedo o prejuicio, reforzando un patrón cultural que agrava aún más la pérdida de biodiversidad.
Si los reptiles están sobre-representados, los anfibios son los más invisibilizados. Su 5.9 % no refleja el impacto real. Debido a su fragilidad fisiológica, sus cuerpos se desintegran rápidamente bajo el calor extremo del pavimento yucateco. Lo que no queda en el camino, no se contabiliza. Así, su desaparición ocurre en silencio: sin fotos, sin registros, sin memoria. Una extinción sin huellas.
También se explicó el fenómeno conocido como trampa ecológica: las carreteras no solo funcionan como barreras, sino que atraen a los animales por la presencia de basura, carroña o áreas despejadas que parecen seguras. Para la fauna, lo que parece una oportunidad termina casi siempre en muerte. Se mencionó además que entre las especies más vulnerables están los Pausers, que se paralizan ante el peligro, y los Nonresponders, que no reconocen al vehículo como una amenaza real. Tlacuaches y otros marsupiales figuran entre las víctimas recurrentes, especialmente en zonas donde los speeders convierten cada cruce en una sentencia inevitable.
Mientras los especialistas hablaban, recordé a los mapaches de la infografía. Su “evolutividad urbana” era, en realidad, una respuesta desesperada al avance humano. Algunas especies pueden cambiar su comportamiento; otras simplemente mueren en las carreteras, incapaces de adaptarse al ritmo acelerado de la urbanización.
El simposio también abrió un espacio para escuchar voces del territorio. Biólogos de la Reserva Ecológica Cuxtal —el pulmón natural de Mérida— asistieron como oyentes en busca de asesoría. Uno de ellos, Adan Poot, compartió un dato alarmante: entre enero y noviembre de este año, el monitoreo registró un incremento notable de atropellamientos respecto a años anteriores.
La causa: presión inmobiliaria. “La venta de terrenos, la deforestación y el ingreso de inmobiliarias… ya empieza lo que es la degradación de las áreas verdes”, relató. Y cuando el monte desaparece, la fauna queda atrapada entre calles y vehículos, sin rutas de escape.
Al igual que en la ponencia de la UNAM, la solución para Cuxtal apunta a lo mismo: frenar la deforestación, colocar señalética clara, fortalecer la educación ambiental y convertir a los ciudadanos en aliados activos de la conservación local.
La ponencia finalizó explicando las tres etapas del proyecto científico coordinado por el Dr. Carlos Yañez:
Descriptiva: conocer qué se atropella, cuándo y dónde.
Explicativa: entender por qué ocurre y qué factores influyen.
Preventiva: generar modelos predictivos y políticas públicas que reduzcan la mortalidad.
De este esfuerzo nace la Guía del Impacto Carretero sobre los Vertebrados de la Península deYucatán, un manual ciudadano que invita a:
1. Extremar precauciones en horarios de mayor actividad faunística.
2. Identificar y respetar zonas de alto riesgo.
3.Reducir la velocidad de forma gradual ante la presencia de fauna.
4. Registrar atropellamientos en plataformas como iNaturalist para mejorar los modelos predictivos.
La ciencia ha hecho su parte: ha medido, documentado, cruzado datos, propuesto. Pero el simposio (y la ponencia que marcó el eje del evento) dejaron claro que la batalla final se libra fuera del laboratorio: en la conciencia del conductor, en la voluntad política, en la memoria colectiva.
Cada animal muerto en la carretera es un recordatorio de que la ciudad que construimos avanza a costa de otras vidas. Y si no frenamos, literalmente, será demasiado tarde para volver a escuchar las rutas que existían antes del pavimento.



